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El punto más bajo del Caribe: una lección moral desde la Reserva de Biosfera Jaragua–Bahoruco–Enriquillo

Por Juan Carlos García

Un laboratorio vivo del planeta

La Reserva de Biosfera Jaragua–Bahoruco–Enriquillo, declarada por la UNESCO en 2002, es uno de los espacios más excepcionales del Caribe insular. Ubicada en el suroeste dominicano, abarca las provincias de Pedernales, Independencia y Barahona, integrando los parques nacionales Jaragua, Sierra de Bahoruco y Lago Enriquillo–Isla Cabritos, un mosaico de ecosistemas que revela la diversidad biológica y geológica de la isla (UNESCO, 2002).

Este territorio, que une desiertos con bosques húmedos y lagos hipersalinos con montañas cubiertas de niebla, representa un laboratorio natural donde la vida ha aprendido a adaptarse al calor, la sal y la escasez. Según el Ministerio de Medio Ambiente (2024), más del 30% de las especies identificadas son endémicas, es decir, no existen en ningún otro lugar del planeta.

Esa cifra no solo refleja riqueza natural, sino también una deuda ética y científica: conservar lo irrepetible. La reserva no es un museo de biodiversidad, sino un espacio donde se ponen a prueba los límites de la resiliencia ecológica, el equilibrio entre comunidades humanas y la naturaleza, y la posibilidad de repensar los modelos de desarrollo rural.

El Lago Enriquillo: un espejo de sal y de conciencia

En el corazón de la reserva yace el Lago Enriquillo, un escenario que mezcla asombro y reflexión. Con cerca de 375 km² y una salinidad tres veces mayor que la del mar Caribe, constituye el punto más bajo del Caribe insular, a –44 metros bajo el nivel del mar (Iturralde-Vinent, 2021).

Su origen se explica por la depresión tectónica generada entre las placas del Caribe y Norteamérica. En sus márgenes habita una fauna que desafía el tiempo: el Cocodrilo Americano (Crocodylus acutus), las iguanas rinoceronte y de Ricord, y aves como los flamencos rosados, guardianes ancestrales del equilibrio ecológico (Powell & Henderson, 2022).

Pero Enriquillo no solo conserva vida, también conserva historia. En las rocas de sus islotes se hallan las “Caritas de Enriquillo”, petroglifos taínos que representan rostros humanos y símbolos sagrados (Cassá, 2013). Estas tallas milenarias nos recuerdan que para los pueblos originarios el agua era una entidad espiritual, fuente de vida y de respeto. Hoy, esas piedras nos miran con una advertencia: cuando rompemos el vínculo con la naturaleza, nos rompemos a nosotros mismos.

Una belleza amenazada

Durante una visita académica realizada junto a estudiantes de la Maestría en Gestión y Conservación de Espacios Naturales de la UTECO, la fascinación por la belleza del entorno se mezcló con preocupación. Entre los humedales y los manglares observamos vertederos a cielo abierto, quema de residuos y acumulación de plásticos que contrastan con la declaratoria de Patrimonio Mundial.

Estos hallazgos evidencian una contradicción estructural: un territorio reconocido internacionalmente enfrenta el abandono local. La Ley 64-00 sobre Medio Ambiente y Recursos Naturales y la Ley 202-04 sobre Áreas Protegidas establecen la obligación estatal de garantizar la integridad de los ecosistemas (Congreso Nacional, 2000; 2004). Sin embargo, la distancia entre la norma y la práctica se mide en ausencia institucional, descoordinación y desinformación ambiental.

El Banco Interamericano de Desarrollo (2023) advierte que las comunidades rurales asentadas en ecosistemas frágiles, sin acceso a educación ambiental ni alternativas sostenibles, terminan dependiendo de actividades que deterioran el entorno. Es un círculo vicioso donde la pobreza genera degradación, y la degradación perpetúa la pobreza.

El Enriquillo —con sus aguas cada vez más saladas y sus márgenes contaminados— nos interpela como sociedad: ¿cómo puede un espacio símbolo de vida convertirse en vertedero?

Ética ambiental y desarrollo humano

La conservación, entendida desde mi experiencia como Premio Nacional de la Juventud 2025, no es solo una cuestión técnica: es una decisión moral. La ética ambiental debe integrarse a la gestión pública, a la educación y a la economía como un eje transversal de justicia intergeneracional.

El filósofo Enrique Leff (2004) sostiene que “el mayor desafío de la modernidad es reconciliar la racionalidad económica con la racionalidad ecológica”. Esa reconciliación implica reconocer que el capital natural no es un lujo verde, sino la base que sustenta toda posibilidad de desarrollo humano.

El Estado dominicano, las universidades, las cooperativas y el sector privado deben construir una alianza por la sostenibilidad, que combine ciencia, gobernanza y participación comunitaria.

Proteger el Lago Enriquillo y sus ecosistemas no compete únicamente al Ministerio de Medio Ambiente, sino también a los ayuntamientos, instituciones educativas, organizaciones locales y cada ciudadano que entiende que su bienestar depende del equilibrio del territorio.

En un país donde la juventud representa más del 30% de la población, la educación ambiental debe ser un derecho cívico y un deber patriótico.

No hay progreso sin territorio, ni prosperidad sin naturaleza.

El llamado que emerge del desierto

La Reserva de Biosfera Jaragua–Bahoruco–Enriquillo no es solo un paisaje protegido: es un símbolo moral. Una advertencia, porque nos muestra la vulnerabilidad de un patrimonio que podría perderse bajo la indiferencia. Y una promesa, porque todavía conserva la fuerza para inspirar esperanza, ciencia y conciencia. Cada mirada al lago, cada conversación con un guía local, cada silencio frente al desierto me recordó que la naturaleza no grita, pero tampoco olvida.

El punto más bajo del Caribe no solo es una depresión geográfica: es un llamado ético a elevar nuestra altura moral como nación.

Proteger este espacio no es un gesto romántico; es una decisión estratégica y patriótica.

Mientras las aguas del Enriquillo continúan evaporándose, también podría evaporarse una parte de nuestra memoria ambiental y cultural.

La República Dominicana tiene ante sí una oportunidad única: convertir la conservación en su nueva frontera del desarrollo.

El futuro de Enriquillo —y el nuestro— dependerá de si somos capaces de escuchar la lección que el desierto, el lago y las montañas aún nos enseñan en silencio. 🌎🇩🇴

Referencias

Banco Interamericano de Desarrollo. (2023). Desafíos ambientales en América Latina y el Caribe: hacia una gestión sostenible de los ecosistemas. Washington, D.C.: BID.

Cassá, R. (2013). Historia social y económica de la República Dominicana. Santo Domingo: Archivo General de la Nación.

Congreso Nacional de la República Dominicana. (2000). Ley General de Medio Ambiente y Recursos Naturales No. 64-00. Gaceta Oficial No. 10043.

Congreso Nacional de la República Dominicana. (2004). Ley Sectorial de Áreas Protegidas No. 202-04. Gaceta Oficial No. 10245.

Iturralde-Vinent, M. (2021). Evolución geológica y ambiental de la cuenca de Enriquillo. Revista Caribe Geoscience, 15(2), 45–61.

Leff, E. (2004). Racionalidad ambiental: la reapropiación social de la naturaleza. México: Siglo XXI Editores.

Ministerio de Medio Ambiente y Recursos Naturales. (2024). Informe anual sobre el estado de la biodiversidad en la República Dominicana. Santo Domingo: MIMARENA.

Powell, R., & Henderson, R. W. (2022). Amphibians and Reptiles of Hispaniola: Biodiversity, Endemism, and Conservation. Gainesville: University Press of Florida.

UNESCO. (2002). Declaratoria de la Reserva de Biosfera Jaragua–Bahoruco–Enriquillo. París: UNESCO.

 

Por Juan Carlos García
Premio Nacional de la Juventud 2025 en Preservación y Fomento de los Recursos Naturales