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La educación ambiental: la transformación de la conciencia, un paso a la vez

En 2023 cuando me fui a vivir a Colombia, tocó aprender y desaprender.

Justo al momento que salí del aeropuerto en ruta a Santiago de Cali lo primero que sentí fue el impacto implacable de la temperatura ese día, a ese hora, era sofocante.

A medida que avanzaba en la autopista y me iba adentrando a la ciudad, el panorama iba cambiando: verde, verde y más verde. Los pasillos exclusivos del transporte público (como el MIO -Masivo Integrado de Occidente- parecido a la OMSA en Santo Domingo), las ciclovías y los linderos de la ciudad, estaban y están todos cubiertos de árboles, enormes y frondosos, brillantes, que soplan y cubren la ciudad. Era como si cada metro fuera tarde de ese túnel maravilloso que encontramos en Bonao repleto de árboles.

Cuando llegué al apartamento, la casera me mostró todo y luego me dijo como la cosa más natural del mundo: “aquí reciclamos”. Procedió a explicarme cuáles baldes debía usar, cuáles colores, dónde depositar cada desecho y cuándo, de qué formas y así.

Me quedé fija pensando… Al rato, ese mismo día, me fui a un supermercado y recuerdo ver a cada persona con sus bolsas reusables en una mano, en otra bolsa o en el carrito. En la caja, a la hora de pagar, cada quien iba echando sus cosas en su bolso y si por alguna razón de faltaban tenía que pagar un monto adicional por cada fundita que necesitara.

Me costó un par de veces, tuve que pagar un par de fundas, y sentía que me miraban con cara de “¡¿y esta?!”. Se hizo hábito, ya tenía unas 4-5 bolsos (comprados porque los olvidaba) y andaba con uno en la mochila para cuando saliera de clase si debía comprar algo.

En casa tenía los desechos separados y cada día eran menos. Al regresar a mi país, recuerdo que al ir al supermercado maldije en la caja porque “se me olvidó el bolso”.  Ando con un par en el baúl y le he dado a mis hermanas y a mi madre. Cuando tengo que comprar algo en el super que está empacado, a veces pido que no me den fundas y salgo con mi paquete en la mano. Me duele la conciencia. Y eso es el resultado de lo que aprendí.

Ahora imagínese que desde la escuela hagamos y se nos enseñe eso, que las políticas públicas fomenten y prediquen con ese ejemplo.

Y volviendo a los árboles, donde vivía, que es una zona completa de unas constructoras, el primer espacio que se deja antes de levantar es el área verde, se plantan árboles y se ajusta el diseño al árbol antiguo que ahí esté, pero no se destruye. Eso hacía que cada día soplara viento, que hubiera sombra y espacio para estar. Amé cada caminata por ahí, cada brisa que sopló.

Y quiero eso mismo aquí, sé que podemos y que ese deseo no será solo el sueño cumplido de quienes viven al lado del Parque del Este o del Mirador Sur y otros lugares de nuestro país.

¡Nos vemos!

Sobre la autora 

Nadelyn Franco es una especialista en comunicación estratégica con más de 8 años de experiencia en planificación, gestión de proyectos y posicionamiento de marcas y líderes. Se ha dedicado al desarrollo de estrategias de comunicación, redes sociales, creación de contenido multiplataforma y relaciones con grupos de interés.