Elena Martínez Martínez
CTO y Co-fundadora de SOS Biotech
BlueGea Group
Colaboración especial para Raíz Climática
Pocas realidades en nuestro planeta combinan de forma tan extraordinaria la inmensidad y la complejidad como lo hace el océano. Desde la costa percibimos una vasta extensión azul que parece inmutable, pero bajo esa aparente serenidad se desarrolla una maquinaria biogeoquímica de una sofisticación difícil de imaginar. El océano regula el clima global, absorbe cerca de una cuarta parte del dióxido de carbono que emitimos, distribuye calor a través de corrientes que conectan continentes y alberga la mayor diversidad de vida conocida; es, en esencia, el sistema de soporte vital de la Tierra.
Sin embargo, su grandeza no reside únicamente en su dimensión física, sino también en la intrincada red de relaciones que sostiene. Cada organismo, desde el fitoplancton microscópico hasta las grandes especies migratorias, desempeña una función dentro de un equilibrio dinámico que ha evolucionado durante millones de años. La oceanografía nos ha enseñado que nada en el océano ocurre de forma aislada, cada corriente transporta nutrientes, cada cambio de temperatura modifica ecosistemas enteros y cada alteración local puede tener repercusiones a escalas mucho mayores de lo que nuestra intuición alcanza a comprender.
Quizá por ello, los fenómenos que hoy observamos en los océanos deben interpretarse no solo como acontecimientos ambientales, sino también como mensajes sobre el estado de los sistemas que sostienen nuestro planeta. Y uno de los ejemplos más visibles de esta realidad lo tenemos delante de nosotros: la proliferación masiva de sargazo que, durante la última década, ha transformado extensas zonas costeras del Caribe y del Atlántico tropical.
Las imágenes son ya familiares, playas cubiertas por densas mareas marrones, comunidades costeras enfrentándose a costes crecientes de limpieza, impactos sobre la actividad pesquera y turística, e incluso disminución de la calidad de aire por los gases liberados por el alga durante su descomposición. Desde esta perspectiva, el sargazo ha sido presentado casi exclusivamente como una crisis.
Pero toda crisis encierra también una pregunta. Y, en ocasiones, la diferencia entre un problema y una oportunidad radica en la forma en que decidimos formularla.
La naturaleza opera bajo una lógica radicalmente distinta a la que suele regir nuestras economías y nuestros modelos de producción. En los ecosistemas naturales no existen los residuos, lo que para un organismo es un subproducto se convierte en el recurso de otro. El oxígeno que respiramos, por ejemplo, no deja de ser un producto derivado de la fotosíntesis realizada por plantas y algas. Y, a su vez, el CO2 que exhalamos constituye la materia prima que estos organismos necesitan para crecer. Los nutrientes circulan entre especies, ecosistemas y océanos en ciclos continuos donde nada permanece inútil durante mucho tiempo; una eficiencia difícilmente igualable por cualquier sistema diseñado por el ser humano.
Con frecuencia clasificamos los elementos de nuestro entorno como útil o inútil, recurso o problema, valor o coste. Cuando algo genera impactos negativos, la reacción inmediata consiste en preguntarnos cómo eliminarlo, contenerlo o hacerlo desaparecer. Pero quizá deberíamos plantearnos una cuestión distinta.
¿Qué sucede cuando dejamos de preguntarnos cómo deshacernos de algo y comenzamos a preguntarnos qué podemos aprender de ello?
Bajo esa mirada, el sargazo deja de ser únicamente una acumulación indeseada de biomasa para revelarse como una de las mayores fuentes de materia prima renovable disponibles actualmente en determinadas regiones costeras. Su composición alberga compuestos bioactivos para sectores tan diversos como la agricultura, la cosmética o los biomateriales. Allí donde muchos observan un coste ambiental, otros empiezan a identificar una oportunidad para generar valor, impulsar la innovación y crear nuevas cadenas productivas vinculadas a la sostenibilidad.
Esto no implica ignorar las causas ni minimizar los impactos asociados a los arribazones masivos, al contrario, comprender los procesos ambientales que favorecen su proliferación sigue siendo una prioridad científica y una necesidad para las regiones afectadas. Sin embargo, reconocer un desafío no debería impedirnos reconocer también el potencial que contiene.
La historia de la humanidad está marcada por esta capacidad de reinterpretar aquello que parecía carecer de valor, numerosos recursos que en un momento fueron considerados desechos o molestias acabaron convirtiéndose en materias primas esenciales cuando la ciencia, la tecnología o simplemente una nueva forma de observar permitieron descubrir posibilidades antes invisibles.
Tal vez el sargazo represente precisamente una de esas oportunidades históricas. No porque su llegada sea deseable, ni porque los retos que plantea deban ser ignorados, sino porque nos ofrece la posibilidad de replantear nuestra relación con los recursos naturales. Nos invita a abandonar la lógica lineal del descarte y a acercarnos a la lógica circular que la naturaleza ha perfeccionado durante cientos de millones de años.
Quizá por eso las soluciones más prometedoras no consistan siempre en encontrar algo nuevo, sino en aprender a observar de otra manera lo que ya tenemos delante. Porque, al final, como decía Marcel Proust., «el verdadero viaje de descubrimiento no consiste en buscar nuevos paisajes, sino en mirar con nuevos ojos».

Elena Martínez Martínez, oceanógrafa y Doctora en Biotecnología y Biomedicina, es cofundadora y Directora Tecnológica del Grupo BlueGea, integrado por SOS Biotech, SOS Carbon y la Fundación Terra y Marre. Su trabajo se centra en la recolección y aprovechamiento de biomasa marina invasora, como el sargazo, para desarrollar productos que reduzcan la dependencia de materias de origen fósil o sintético en sectores como la agricultura y la cosmética.
