En estos días, el cambio climático y el medio ambiente volvieron al centro de la conversación global con la celebración de la COP30 en Belén, Brasil. Entre discursos, acuerdos y estrategias, no pude evitar pensar que, aunque el mundo habla sin parar de sostenibilidad, descarbonización y de movilización de las finanzas, hemos perdido de vista lo más elemental: el ser humano se ha desconectado de la naturaleza y, con ello, de su propia capacidad de cuidar de ella.
Deepak Chopra, en Las 7 leyes espirituales del éxito, explica que la conciencia de la riqueza nace de comprender cómo funciona la naturaleza. Y es cierto: tal vez la transición hacia economías verdes sería menos compleja si líderes mundiales, empresas y ciudadanía estuvieran verdaderamente conectados con el mundo natural. Porque nadie cuida lo que no siente suyo. Nadie protege lo que no comprende.
En la República Dominicana, solemos alarmarnos cuando el Malecón aparece cubierto de sargazo o cuando una tormenta arrastra toneladas de desechos hacia nuestras calles. Ante estas situaciones, buscamos respuestas urgentes desde el Estado; sin embargo, pocas veces conectamos esas crisis con acciones cotidianas, como disponer correctamente una botella o dejar que una funda plástica no se pierda al viento. Si bien la responsabilidad es compartida, también es cierto que aún no contamos con todas las estructuras y mecanismos necesarios que nos permitan gestionar estos desafíos de manera efectiva.
Creemos que transformar el país requiere grandes proyectos y de plataformas tecnológicas sin detenernos a pensar que el cambio comienza en lo pequeño: separar los residuos, consumir con intención, enseñar a cuidar lo que es prestado: Nuestra Madre Tierra. Y aún así, seguimos viviendo con la cabeza hacia abajo, mirando el teléfono, caminando entre pantallas y audífonos, ignorando el canto de los pájaros en plena mañana o ese cielo rosado de las 6:30 pm que siempre nos regala el Caribe. Como en No mires arriba, película que recomiendo, preferimos evitar la realidad, aunque esté justo frente a nosotros.
Una prosperidad nacional hueca
Nos hemos convencido de que la prosperidad se encuentra en grandes obras de transporte, en plazas comerciales sin ventanas, en torres de oficinas herméticamente cerradas y en urbanizaciones donde la presencia de un árbol parece un privilegio. Sin embargo, ese modelo de desarrollo es limitado y excluyente. ¿Dónde queda entonces la calidad de vida de nuestras comunidades? ¿Acaso los barrios no tienen el mismo derecho a disfrutar de espacios verdes y entornos saludables? Al final, esta visión nos priva de algo esencial: el derecho a un medio ambiente sano, consagrado en los artículos 66 y 67 de nuestra Constitución, y que contribuye directamente a nuestro bienestar emocional y colectivo.
La solución no pasa por renunciar a la modernidad, sino por redefinir nuestras prioridades: más parques y áreas verdes; más oportunidades para disfrutar del aire libre, menos jornadas que agotan; centros educativos donde la naturaleza forme parte del aprendizaje cotidiano, y no solo de una excursión ocasional al año. Este enfoque permite un desarrollo más equilibrado, inclusivo y verdaderamente sostenible entendiendo que la riqueza viene también de esa conexión con la naturaleza.
Estudios muestran que tan solo cinco minutos en la naturaleza aumentan las emociones positivas y reducen las negativas. Cinco minutos. Y aun así, millones de dominicanos no los viven porque nuestras ciudades no los ofrecen o porque la cultura diaria no los valora.
La naturaleza es medicina y la evidencia es clara: un estudio con más de 16,000 personas en 18 países concluyó que quienes viven o visitan con frecuencia zonas verdes o costeras reportan mayor bienestar emocional y menos problemas de salud mental. ¿Es casualidad que quienes nos reciben en Pedernales, Samaná o Constanza siempre tengan una sonrisa lista? Su relación con la naturaleza les recuerda que la vida no depende únicamente de lo material pero hemos querido vender otra cosa.
Existe una hipótesis poderosa: la biofilia. Dice que los humanos tenemos un deseo innato de conectar con la naturaleza. Cuando la ignoramos, algo interno se desconecta también. Y no es solo lo que la naturaleza tiene; también es lo que no tiene: tráfico, ruido, presión.
Una revisión publicada en Environmental Research demostró que los espacios verdes reducen el riesgo de ansiedad y depresión en jóvenes de 14 a 24 años, gracias a su capacidad para inducir atención plena. ¿Y si no puedes salir? La naturaleza también puede entrar llenando tu casa de plantas, colocar fotografías de paisajes costeros, traer flores aromáticas, usar aceites esenciales como lavanda, limón o romero, tener una mascota.
Lo más importante es aceptar que no podemos seguir viviendo de espaldas a la naturaleza. Al perderla, perdemos una parte esencial de nosotros mismos. En ella todo fluye: las olas van y vienen, las plantas crecen sin prisa, las flores florecen aunque no las veas, los vientos tropicales cambian de dirección para refrescar el día. No hay desconexión, solo armonía.
Es tiempo de recuperarla, de volver a mirar hacia arriba, de recordar que la naturaleza no es un lujo ni un paisaje: es la base de nuestra salud, nuestra prosperidad y nuestra esperanza como sociedad. Si no lo hacemos ahora, puede que mañana sea demasiado tarde.
Por Ana Nicolle Javier Bueno
Premio Nacional de la Juventud 2024
“Preservación y Fomento de los Recursos Naturales”
