Mélida Medrano
Santo Domingo, RD
República Dominicana es uno de los países más visitados de Latinoamérica por el turismo ecológico que puede ofrecer, además de otros atractivos que lo convierten en un destino perfecto durante casi todo el año.
Sin embargo, ciudades como el Distrito Nacional y el Gran Santo Domingo acumulan toneladas de residuos sólidos que, lastimosamente, no solo terminan en las principales calles, sino que también contaminan las playas y los recursos naturales, trayendo como consecuencia problemas de salud y generando una impresión de descuido y falta de educación ambiental por parte de la ciudadanía.
No obstante, no todo está perdido. Desde nuestros barrios, en nuestras costas y hasta desde países tan lejanos como República Checa, hay personas que asumen esta prioridad ambiental con el fin de mejorar la calidad de vida de los dominicanos y prevenir una mayor contaminación medioambiental.
Los esfuerzos de miles de dominicanos han tenido tanto impacto que la organización internacional Ocean Conservancy indicó en su informe anual de limpieza internacional de costas que, en 2024, después de Filipinas y Estados Unidos, República Dominicana fue el país con más voluntarios en jornadas de limpieza de playas y océanos, con más de 23,625 jóvenes que lograron recolectar más de 174,246 kilogramos de desechos sólidos, equivalentes a 2,448,362 piezas de residuos.
Esta cantidad representa más de 53.6 kilómetros de extensión. En el país, la coordinación de estas limpiezas estuvo a cargo de la Fundación Vida Azul y Mariposa DR Foundation.
Ante este panorama, el voluntariado ambiental ha emergido como una fuerza de transformación social. Desde iniciativas personales hasta movimientos comunitarios y proyectos internacionales, miles de personas están promoviendo la educación ambiental, la limpieza de espacios naturales y nuevas formas de conciencia colectiva.
Estas tres experiencias de liderazgo juvenil, acción comunitaria y voluntariado global muestran cómo estas iniciativas están generando impacto en República Dominicana.
Sus padres le inculcaron el cuidado ambiental
Karla Faxas descubrió su vocación ambiental desde temprana edad. En su familia era habitual el turismo interno. Ese contacto con la naturaleza despertó en ella un profundo amor por los recursos naturales de la isla.

Su compromiso se consolidó a los 16 años durante un voluntariado de limpieza de costas en Playa San Gil, frente al Malecón de Santo Domingo.
Allí comprendió que la preservación ambiental exige acciones cotidianas. Y así se dio cuenta de una frase marcó su camino: “Nadie puede hacerlo todo, pero todos podemos hacer algo”.
Desde entonces, el voluntariado se convirtió en su principal forma de generar conciencia ambiental.
“Con esa semillita sembrada ese día, diría que lo demás es historia. Hice un click entre servir y crear conciencia, y el voluntariado para preservar y fomentar el cuidado de nuestros recursos se convirtió en mi pasatiempo favorito. Me di cuenta de que mientras más nos involucramos donde se refleja el problema, más entendemos nuestra responsabilidad y nuestra capacidad de incidir”, comentó la joven, en una entrevista para Raíz Climática.
Impacto de “Cuadernos X Un Mañana”
Una de sus iniciativas más visibles ha sido el proyecto educativo Cuadernos X Un Mañana, centrado en la reutilización de materiales escolares y la economía circular. Gracias a este, se ha registrado más de 500 personas impactadas entre estudiantes, docentes y familias; se han reciclado más de 60,000 cuadernos usados, además se ha recuperado más de 15,123 libras de papel y cartón y han enseñado a estos jovencitos sobre la importancia de la economía circular.
Cuadernos X Un Mañana ha permitido que estudiantes comprendan la reutilización como una acción concreta que reduce residuos y amplía oportunidades educativas.
Pero Karla no solo ha llevado conciencia y conocimiento ambiental a comunidades, estas experiencias también la han hecho comprender más sobre el comportamiento de aquellos jovencitos que ayuda.
“Cuando realizo entregas de cuadernos en zonas rurales del interior del país, he visto que la forma en que más conectan con la educación ambiental es relacionando prácticas cotidianas con los conceptos que promovemos. En el campo, es más sencillo para un niño comprender lo que significa recuperar y reutilizar, porque lo vive constantemente: cuando usan las cáscaras como abono o reutilizan una lata de tomate para colar el café. En cambio, para jóvenes de la ciudad resulta más fácil asimilar el concepto de rechazar, porque están más expuestos a productos con una vida útil extremadamente corta, como un volante impreso. Estos dos extremos me han enseñado que, aunque enfrentamos retos distintos en la educación ambiental, las buenas prácticas suelen encontrarse en lo sencillo, en volver un poco a esa lógica del campo: reutilizar, aprovechar, hacer abono”, reflexionó la joven.

Karla indicó que en la actualidad la juventud desempeña un papel significativo, a través del servicio y del involucramiento en causas donde urge actuar y generar conciencia. Ella describió que ha sido testigo de cómo jóvenes voluntarios en distintas organizaciones se convierten en entes de cambio en los hábitos de consumo y manejo de residuos dentro de sus propias familias. Sin embargo, también considera que debe priorizarse la integración de la educación ambiental, desde lo práctico, y no tanto desde la teoría.
“La juventud es el motor que impulsa a todas las generaciones a involucrarse como conjunto y es el reflejo de lo que estamos construyendo como sociedad”, señaló.
Su labor para concientizar a la sociedad más joven, la hizo galardonada del Premio Nacional de la Juventud 2026, en la categoría Preservación y Fomento de los Recursos Naturales, del Ministerio de la Juventud de República Dominicana.

Para Karla, el haber sido elegida, “es la confirmación de que con Dios todo es posible y que Su tiempo es perfecto. Refuerza años de compromiso y dedicación sembrando una cultura de voluntariado que crea conciencia. Este premio es una afirmación de que el camino emprendido y los sacrificios han valido la pena, y sobre todo, de que este es apenas el inicio de un legado de compromiso con la juventud dominicana y con nuestros recursos naturales. Significa una gran motivación para seguir adelante, para ir por mucho más y asumir con mayor responsabilidad el impacto que podemos generar”, detalló.
Karla Faxas, quien también es líder de costas de la Fundación Vida Azul, contó que cada vez es más común ver espacios de participación de jóvenes, sin embargo solo son escuchados de manera simbólica, pese a que tienen propuestas concretas para las políticas públicas. Es por tal razón, que recomienda que se integren en la toma de decisiones, especialmente en temas ambientales.
“Para fortalecer la educación ambiental y la protección de los recursos naturales, es necesario reforzar el sentido de pertenencia en comunidades cercanas a áreas protegidas, promover la revalorización de los residuos y priorizar una educación ambiental práctica. También se requiere que las autoridades lideren con el ejemplo, capaciten a docentes y faciliten sistemas accesibles para la correcta gestión de residuos”, agregó Karla, quien es estudiante de Ingeniería Ambiental del Instituto Tecnológico de Santo Domingo (INTEC).
Como mensaje final, exhortó a la juventud interesada a integrarse a oportunidades de voluntariado y desarrollar iniciativas dentro de sus propios centros educativos, recordando que lo más importante es la intención de generar un cambio.
Organización que impacta desde Villa Altagracia
El voluntariado también ha evolucionado hacia modelos organizados de acción comunitaria. Un ejemplo es MOCORE (Movimiento de Concienciación y Reciclaje), una iniciativa surgida en el municipio de Villa Altagracia, provincia San Cristóbal, a partir del interés de un grupo de jóvenes por contribuir a su comunidad.
Juan Carlos Rodríguez García, quien fue finalista del Premio de la Juventud en la categoría Preservación y Fomento de los Recursos Naturales, contó que nunca fue buen estudiante, pero en sus últimos años se propuso el reto de obtener las mejores calificaciones.

Esto lo llevó a unirse con compañeros como Ángelo, Carlos Rauline y Adrián, a quienes llamaban “los marginados”. Juntos empezaron a destacar en sus estudios y lograron una exposición sobresaliente durante el Día del Medio Ambiente.
En esa ocasión identificaron una problemática urgente en República Dominicana: la gestión de residuos sólidos y la contaminación por plásticos. Esa reflexión fue la chispa que encendió el proyecto que hoy conocemos como MOCORE.
El proyecto se mantuvo en pausa hasta que, tras un incendio en el vertedero de Punta Cana, Abel y Juan Carlos decidieron lanzar iniciativas de educación ambiental. Así nació el proyecto de limpieza masiva en noviembre de 2019, con el objetivo de realizar jornadas de limpieza y concienciar a la comunidad.



Durante las charlas descubrieron que no faltaba conciencia, sino cultura y herramientas para clasificar los residuos correctamente. También abordaron mitos como la mezcla de residuos después de la clasificación. En una asamblea de ese mismo año surgió el nombre MOCORE, que significa Movimiento de Concienciación y Reciclaje.
En 2020 llegó la pandemia de COVID-19, lo que supuso un parón. Sin embargo, ese tiempo se convirtió en una etapa de aprendizaje y fortalecimiento institucional. Personas como Josué Soto Ramírez (Recíclame RD); Susana (Sostenible Pura Vida); Natalie de Peña (abogada) y Pablo Zapata ofrecieron voluntariamente su apoyo y herramientas para consolidar la organización.
En enero de 2022 realizaron el primer evento de plogging (recoger basura mientras se corre), convirtiéndose en el primer municipio del país en hacerlo. Aunque se inscribieron 300 personas, finalmente participaron 75 debido a un repunte del COVID. Ese mismo año comenzaron a llamar la atención de organizaciones externas. Juan Carlos mencionó a Wellington Gruñón, quien se interesó en la iniciativa y apoyó la instalación de puntos verdes en La Altagracia.
En la avenida España organizaron otro plogging en el que recolectaron una tonelada de residuos. También realizaron limpiezas de costas y, en febrero de 2023, registraron el primer plogging en Santo Domingo Oeste.
En 2023 lograron establecer un centro de acopio oficial de MOCORE para gestionar residuos urbanos. En la primera fase del programa (noviembre 2023 – marzo 2024) recolectaron 10 toneladas de residuos.
Su labor no pasó desapercibida. En 2024 se unieron al Grupo Jaragua y a otras organizaciones(Parley y Fisea) para crear TeamPlogging , con el objetivo de realizar actividades en los humedales de Nagua.
En noviembre de 2025 organizaron por primera vez un plogging en los manglares, con la participación de más de 300 personas que recolectaron una tonelada de plásticos en menos de una hora, en colaboración con el Ministerio de la Juventud.
Actualmente preparan la segunda fase del proyecto, que busca llevar las herramientas y aprendizajes acumulados a otros municipios como ejemplo de acción comunitaria.
Ese mismo año realizaron alianzas con CBC para presentarse a un programa de ONU Mujeres, con el fin de fortalecer el rol de las mujeres en la toma de decisiones comunitarias. De más de 500 propuestas del Caribe, solo 10 fueron seleccionadas, y una de ellas fue de República Dominicana gracias a MOCORE.
MOCORE es una organización liderada por jóvenes con la visión de contribuir, aportar y crecer junto a su comunidad. Juan Carlos, por ejemplo, trabaja como profesor en las mañanas y estudia en la Universidad Autónoma de Santo Domingo (UASD) por las tardes. Durante la entrevista con Raíz Climática expresó su deseo de que los conocimientos adquiridos fuera del país puedan regresar y quedarse en República Dominicana, fortaleciendo el desarrollo local.
“Yo no quiero llegar sin mi equipo, ya que este proyecto es de todos. Todo lo que veo, lo veo en colectividad”, dijo Juan Carlos.
Evolución del proyecto
2020: la pandemia detuvo las actividades, pero permitió fortalecer la organización mediante asesorías externas.
2022: realizaron el primer evento de plogging del municipio.
2023: establecieron su centro oficial de acopio de residuos urbanos, recolectando 10 toneladas en su primera fase.
2024: colaboraron con organizaciones ambientales para actividades en humedales.
2025: organizaron limpiezas en manglares con más de 300 voluntarios.
MOCORE ha demostrado que el voluntariado puede generar transformación comunitaria, ofreciendo formación a jóvenes y promoviendo el liderazgo colectivo.
Su filosofía se resume en palabras de uno de sus miembros: “Todo lo que veo, lo veo en colectividad”.
Voluntariado sin fronteras: acción ambiental global
El voluntariado ambiental también trasciende fronteras. Jiri y Michaela Dolan, una pareja originaria de República Checa, han convertido la limpieza ambiental en una misión internacional, con un proyecto llamado VERDEderos.
Ambos provienen de áreas ajenas al activismo ambiental, química médica y salud, pero su deseo de generar impacto social los llevó a iniciar limpiezas de playas.

Según contaron a Raíz Climática, su proyecto comenzó en Barcelona, España, donde al enfrentarse a la contaminación costera decidieron recoger residuos durante su tiempo libre. Lo que inició como una acción personal evolucionó en limpiezas colectivas organizadas a través de redes sociales.
El proyecto creció hasta convertirse en un movimiento global con más de 140 eventos en 31 países, más de 2,300 voluntarios y cerca de 19 toneladas de residuos recolectados.
Su mensaje central es que la contaminación no reconoce fronteras y que cualquier persona puede actuar
desde su entorno.
Durante uno de sus recorridos más recientes viajaron durante 50 días por 12 países europeos organizando jornadas de limpieza y colaborando con organizaciones sociales y comunidades locales. Aunque en Europa recolectaron menos residuos que en otras regiones, su intención era evidenciar que ningún territorio está completamente libre de contaminación y que cada persona puede generar impacto en el lugar donde se encuentre.
Experiencia en República Dominicana
Su trabajo los llevó también a República Dominicana, país que visitaron por primera vez en 2023. El mismo día de su llegada realizaron una limpieza en Santo Domingo, específicamente en la playa de Fuerte San Gil. En apenas tres días, del 27 al 30 de diciembre, lograron convocar a más de 250 voluntarios, quienes recolectaron alrededor de 5.5 toneladas de residuos. La respuesta ciudadana fue una de las más significativas que han recibido en sus recorridos internacionales, lo que los motivó a regresar y desarrollar nuevas iniciativas en el país.

Según explicaron, el apoyo ciudadano en el país ha sido uno de los mayores que han recibido a nivel internacional, lo que los motivó a regresar y desarrollar nuevas iniciativas de impacto comunitario, educación ambiental y alianzas con organizaciones locales, que se están desarrollando hasta abril.
Para la pareja resulta especialmente preocupante observar playas de gran belleza natural afectadas por altos niveles de contaminación. Señalan que el problema responde a factores estructurales como la limitada educación ambiental, la falta de herramientas para la gestión de residuos y la contaminación transportada por ríos hacia las zonas costeras. Ante esta realidad, su proyecto en el país busca movilizar comunidades, empresas, organizaciones y autoridades mediante jornadas de limpieza, educación ambiental y mapeo de zonas contaminadas.
Como parte de estas acciones han impulsado recorridos de impacto con el objetivo de realizar limpiezas en al menos nueve ciudades del país, principalmente costeras, pero también quieren integrar a la ciudad de Santiago.

Desde ya le han solicitado a la ciudadanía acceder a su registro digital que permite compartir fotografías y ubicar puntos contaminados, ampliando así el alcance del proyecto.
Durante su trabajo en el país han establecido alianzas con organizaciones ambientales locales para fortalecer la acción comunitaria, la clasificación responsable de residuos y la comunicación de impacto. Con una comunidad de más de 600 mil seguidores en redes sociales, de los cuales una parte 15% pertenece a República Dominicana, también buscan visibilizar iniciativas ambientales locales que carecen de alcance mediático, ofreciendo espacio a proyectos comunitarios y emprendimientos sostenibles.
Jiri y Michaela se definen como ciudadanos del mundo y promueven una ética de responsabilidad ambiental compartida. Para ellos, el cuidado del planeta no depende del lugar de origen ni de las fronteras, sino del compromiso colectivo.
Su mensaje resume la filosofía que guía su trabajo: cada acción cuenta y la transformación ambiental comienza cuando la responsabilidad se convierte en un esfuerzo común.
