Santo Domingo, RD
República Dominicana cerró el año 2025 con un récord histórico de 11,676,901 visitantes, un dato anunciado por las autoridades y confirmado en los balances oficiales, que evidenció un crecimiento sostenido del sector y una mayor conectividad aérea y marítima. En paralelo, la participación en la Feria Internacional de Turismo (FITUR) en enero de 2026 dejó cifras comerciales llamativas: negociaciones y acuerdos por más de US$13,370 millones que prometían ampliar la oferta hotelera con cerca de 10,000 nuevas habitaciones en los próximos años. El impulso económico fue real; la ocupación hotelera promedio nacional en 2025 superó el 71%, según los reportes consolidados por el sistema de inteligencia turística del país.
Esa narrativa de prosperidad oculta, sin embargo, sostiene una contracara menos vistosa y más urgente: la presión ambiental sobre costas, ríos y arrecifes. Con más de 1,600 kilómetros de litoral y playas emblemáticas como Punta Cana, Bávaro, Isla Saona, Bayahibe y Bahía de las Águilas, la relación entre crecimiento y residuos se volvió tangible en cifras que el sector público y reportes técnicos habían advertido tiempo atrás. Un estudio de mercado sobre residuos sólidos urbanos elaborado en 2023, con aportes técnicos desde España, consignó que el país genera más de 7 millones de toneladas de residuos sólidos al año y que el promedio de generación per cápita ronda los 650 kilogramos por habitante, marcadores que sitúan la gestión de residuos como un cuello de botella para la sostenibilidad del turismo.
La infraestructura de gestión no ha crecido al ritmo de la demanda: diagnósticos del Gobierno y la cooperación internacional documentaron la existencia de alrededor de 240 vertederos a cielo abierto, un problema reportado ya en 2021 por el Ministerio de Medio Ambiente con apoyo de la Agencia de Cooperación Internacional de Japón (JICA, por sus siglas en inglés), que explica, en parte, la fuga de residuos hacia cuencas y costas. En términos más locales, diagnósticos de línea base sobre contaminación marina identificaron que en el municipio de Santo Domingo Este se generan decenas de miles de toneladas de residuos plásticos al año, estimaciones técnicas situaron esa cifra alrededor de 72,738 toneladas anuales y señalaron que miles de toneladas no son recolectadas y terminan en cuerpos de agua. Esos volúmenes explican por qué playas y manglares reciben constantemente escombros que degradan hábitats y alimentan la angustia de quienes dedicaron su vida a protegerlos.
Legislativamente ha habido avances: la Ley General de Gestión Integral y Coprocesamiento de Residuos (Número 225-20), promulgada en 2020, y que posteriormente recibió seguimiento y enmiendas en el periodo 2023–2025, estableció un marco para repartir responsabilidades entre productores, municipios y el Estado, e incorporó instrumentos económicos como incentivos y “bonos verdes” para impulsar la circularidad. Sin embargo, la implementación y la financiación municipal han quedado rezagadas, los ayuntamientos siguen operando con limitaciones presupuestarias que dificultan inversiones en tecnología y modernización del servicio de recolección, lo que deja en evidencia la brecha entre la norma y la realidad operativa.
Frente a ese telón de fondo, el activismo oceánico joven ha vivido una tensión constante: por un lado la alegría de ver que más turistas conocen las playas; por otro, la fatiga que provoca comprobar, día a día, que las medidas de gestión y la infraestructura no acompañan el crecimiento. Esa ambivalencia, explosión turística y limitaciones estructurales en residuos, alimenta no solo la agenda técnica sino también la carga emocional de quienes cuidan los mares. En ese contraste radica el dilema de que, la sostenibilidad como meta requiere, simultáneamente, políticas eficaces, inversión y el cuidado de las personas que sostienen la causa.
Los rostros jóvenes del activismo ecológico
Ismael Sánchez: entre la culpa, el disfrute y una victoria ambiental histórica
En el paisaje contradictorio que dejan las cifras turísticas y la gestión insuficiente de residuos, Ismael Sánchez narra su historia desde el afecto por el mar y la urgencia de traducir ese afecto en cambio concreto. Expresa que su motivación personal nació de pasar horas en la costa, ver la vida que sostienen los arrecifes y sentir una responsabilidad íntima con ese territorio: “El océano nos da oxígeno, regula el clima, sostiene millones de vidas y economías. Si lo perdemos, nos perdemos nosotros”, subrayó, y añade que esa convicción lo empujó a actuar, primero en jornadas comunitarias y después en iniciativas más técnicas y organizadas.
Básicamente lo que despertó su interés por el activismo fue el sentimiento de indignación que sintió al ver basura en la playa de Boca Chica durante su adolescencia; escuchar a pescadores relatar la pérdida de capturas; y participar en limpiezas que, pese al esfuerzo, dejaban claro que las soluciones eran estructurales. Esa convivencia con el territorio lo transformó: dejó de ser para él un sentimiento abstracto y pasó a ser una responsabilidad con nombre y apellido.
Sobre su trayectoria y pertenencia, explicó que, con otros jóvenes, fundó la organización Upon the Waves con el propósito explícito de conectar a la juventud dominicana con la protección marina. Desde esa plataforma, dijo, impulsó jornadas de limpieza costera, talleres educativos en escuelas, alianzas estratégicas y campañas de comunicación que intentaron traducir datos científicos a mensajes que las comunidades pudieran entender y aplicar. Ismael describió su rol como técnico y facilitador: “Nosotros no solo recogemos basura; hacemos levantamientos de datos, registramos especies afectadas y documentamos fuentes de contaminación”, afirmó, y señaló que esas evidencias técnicas fueron las que permitieron pasar del activismo de playa a la incidencia política.
En relación con la identidad como activista, sostuvo que se consideraba activista porque su vida, tiempo, trabajo y decisiones giraba en torno a proteger las zonas acuíferas: “No es un hobby; es una forma de vida”, dijo. Puso énfasis en que el activismo efectivo combina acción comunitaria, educación y trabajo técnico.
En el plano de la salud mental y la vida personal, Ismael fue franco: la emoción que sentía al mirar la costa se mezclaba con culpa y frustración. Relató con una frase breve y clara su síntoma más persistente: “Sentía culpa… veía los residuos y me preguntaba si estábamos haciendo suficiente”.
Esa sensación lo empujó durante años a priorizar jornadas de limpieza y denuncias por encima de su descanso, lo que acabó afectando su estabilidad emocional. Con el tiempo reconoció que ese enfoque era insostenible y transformó su relación con la costa: incorporó actividades recreativas como la natación, paddleboard, contemplación tranquila, que le permitieron recuperar energía y perspectiva. “No todo puede ser lucha… también hay que disfrutar”, dijo, explicando que el disfrute no es evasión sino una estrategia de resiliencia.
Ismael también describió desafíos concretos relacionados con su trabajo técnico: participó en el levantamiento de datos sobre el impacto del poliestireno expandido (foam) en ecosistemas marinos, registro de residuos, análisis de puntos de origen y muestreos, y afirmó que esa base de evidencia fue incluida en un primer borrador técnico que se presentó ante el Ministerio de Medio Ambiente y Recursos Naturales. Ese proceso técnico, terminó siendo un insumo para los cambios normativos que restringieron el uso de foam en el país: la discusión legislativa y reglamentaria que culminó en medidas efectivas contra el foam tuvo actividad destacada en 2025-2026, cuando se articularon plazos de eliminación progresiva y requisitos de certificación para productos de poliestireno. Las modificaciones legales y reglamentarias sobre residuos sólidos y poliestireno (documentadas oficialmente por el Ministerio y en la Ley número 98-25 con actualizaciones a comienzos de 2026) marcaron un antes y un después en la política pública sobre plásticos de un solo uso.
Respecto a la magnitud del problema del foam, Ismael apoyó su trabajo técnico en estudios y campañas que dieron cuenta del volumen de residuos: informes locales estimaron que la República Dominicana generaba decenas de miles de toneladas anuales de desechos de poliestireno, cifras que ayudaron a justificar la intervención regulatoria y las campañas ciudadanas como “Dale Banda al Foam”.


En cuanto a cómo equilibraba su vida personal con la labor activista, Ismael explicó que aprender a delegar y a formar equipos fue crucial. Admitió que en sus primeros años asumía la mayor parte de las tareas por sentido de responsabilidad; con el tiempo entendió la necesidad de institucionalizar procesos.
Como consejo a jóvenes que quieran involucrarse sin sacrificar su salud mental, Ismael propuso tres ejes prácticos que resumió así: aprender a medir el alcance de tu compromiso, buscar formación técnica que permita trabajar con evidencia (no solo con impulsos) y construir comunidad, no ser héroe solitario sino parte de una red con roles compartidos. Además, insistió en que el disfrute del entorno: nadar, contemplar y practicar deportes acuáticos no es una concesión sino una forma de recarga indispensable para sostener la lucha a mediano y largo plazo.
Evaristo Jiménez: crecer lejos de casa, sostener una causa y aprender a no rendirse

Evaristo nació en La Romana y, con apenas quince años, inició un recorrido que lo llevó desde jornadas barriales hasta foros internacionales. Hoy, con veinte años y viviendo en Santiago de los Caballeros por motivos laborales, relató su historia sin aspavientos: no buscó protagonismo, sino sentido. “Para mí activista es todo aquel que actúa con propósito… yo considero que lo que hago tiene propósito, pues 100% me considero activista”, dijo, y esa frase fue la brújula de su relato: el activismo, para él, fue primero una práctica cotidiana en su comunidad y luego la suma de pequeñas acciones que fueron convirtiéndose en responsabilidad.
La motivación personal de Evaristo emergió de la convivencia con su territorio y de procesos comunitarios concretos: al integrarse con proyectos juveniles en su provincia se acercó a problemáticas de gestión de residuos, pesca artesanal y pérdida de hábitats costeros. Fue en ese espacio local, trabajando con iniciativas como Romana Joven, donde aprendió a organizar campañas educativas, jornadas de limpieza y actividades de sensibilización en barrios vulnerables.
En cuanto a trayectoria y pertenencia, Evaristo detalló colaboración continua con organizaciones que le permitieron profesionalizar su activismo. Mencionó esfuerzos y trabajos con SOA República Dominicana y con Upon the Waves, además de su vinculación con Generación por el Desarrollo. Más adelante integró proyectos con Fundación Blue Missions y colaboró en iniciativas emergentes de Roots. Contó que esas afiliaciones no fueron ornamentales: “Primero fue activismo local, luego nacional… y he tenido la oportunidad de llegar a escenarios internacionales”, dijo, y matizó que cada paso implicó asumir nuevas obligaciones y aprendizaje técnico.
Evaristo no ocultó el costo: abandonar el hogar en busca de oportunidades en el activismo, mudarse sólo y tomar decisiones personales difíciles fueron momentos que dejaron huellas. Narró, con voz mesurada, la renuncia a una beca universitaria en la Universidad Católica Santo Domingo, en el programa de Relaciones Internacionales, decisión que tomó porque “era poco tiempo… Y yo sabía que si la tomaba tenía que dejar lo que estaba construyendo”.
Esa elección fue presentada no como una heroicidad romántica sino como un dilema humano: la estabilidad académica frente a una urgencia colectiva que pedía respuesta inmediata. Confesó haber sentido ansiedad, episodios de agotamiento y noches en vela por informes y coordinación de proyectos. Para manejar esos momentos adoptó prácticas concretas: estructurar horarios, delegar tareas, buscar aliados institucionales y reservar momentos para el descanso.
Sobre si ha sufrido ansiedad o depresión relacionadas con su labor, reconoció vulnerabilidad: hubo períodos donde se sintió insuficiente, pero resaltó la importancia de establecer una comunidad, este tipo de decisiones, dijo, fueron las que le permitieron sostener la acción sin quemarse.
En materia de consejos y proyección para jóvenes activistas, Evaristo fue pragmático: la pasión no exime del cansancio. “Elegí seguir, aun cuando implicó renuncias… Encontré que no era cuestión de hacerlo todo solo, sino de construir con otros para que la causa sobreviva”. Esa lección fue su respuesta práctica a la pregunta más angustiante que atraviesa a muchos jóvenes: cómo sostener la esperanza sin quebrarse por dentro.
Rosángela Araujo: la culpa ambiental, el autocuidado y la construcción de límites

En el entramado de juventud, urgencia climática y compromiso social, la voz de Rosángela Araujo se distingue por su serenidad y firmeza. Su motivación personal nació del contacto temprano con espacios naturales y de la conciencia progresiva de su fragilidad.
En su trayectoria y pertenencia destacó su trabajo con Buceo Ecológico RD y con Parley for the Oceans, además de su participación constante en festivales comunitarios, jornadas educativas y proyectos de formación ambiental. Aunque no fundó una organización propia, afirmó que siempre ha priorizado fortalecer estructuras colectivas existentes, porque “nunca me he proyectado como alguien que busca protagonismo, que crea algo para decir que lo hizo, sino más bien como alguien que ayuda a mejorar y avanzar proyectos ya creados”.
Cuando habló de su identidad como activista, Rosángela la vinculó a la coherencia cotidiana: vivir de acuerdo con los valores que se defienden. Para ella, ser activista no se reduce a participar en campañas, sino a asumir un compromiso ético constante. “Yo me considero activista porque intento que mis decisiones diarias no contradigan lo que predico”, afirmó.
En el plano emocional, Rosángela centró buena parte de su testimonio en la salud mental y la vida personal. Desde el inicio enfatizó la consigna de sus colegas Evaristo e Ismael: “Todos debemos depender de una comunidad, no traten de trabajar solos”.
Explicó que, durante sus primeros años, desarrolló una relación extrema con la coherencia ambiental. En su intento por no contaminar, evitaba cualquier producto con plástico, incluso cuando esto afectaba directamente su bienestar. Recordó periodos en los que “pasaba días sin beber o comer adecuadamente” porque se negaba a comprar alimentos empaquetados, aún sin alternativas saludables disponibles.
Ese comportamiento, reconoció, estaba impulsado por una profunda sensación de culpa ambiental y por la idea de que debía hacerlo todo perfecto: “Sentía que no podía fallarle a la causa”.
La presión por ser coherente en todo momento derivó en episodios de agotamiento y abandono temporal de proyectos importantes cuando se sentía emocionalmente saturada. En varios momentos, dijo, prefirió retirarse antes que colapsar.
Rosángela describió con franqueza sus dudas internas: “Van a tener momentos en que sienten que no son suficientes… que nada va a cambiar”. Sin embargo, aprendió a resignificar esas emociones y a desmontar esa narrativa interna: “Eso es mentira… lo que hacemos sí impacta”. Para ella, cada pequeño cambio cuenta: cuando una familia deja de usar foam, cuando un festival logra sensibilizar a decenas de personas, cuando alguien decide consumir de forma más responsable. Esos gestos, explicó, funcionan como anclas emocionales en medio del desgaste.
Uno de los aprendizajes más importantes en su proceso fue aceptar la necesidad de apoyo profesional. “A veces queremos tapar el sol con un dedo… pero sí puede ser que la crisis climática te lleve al psicólogo”, afirmó. Para manejar los momentos más difíciles incorporó prácticas sistemáticas de autocuidado: viajes periódicos fuera de la ciudad, contacto directo con la naturaleza, dinámicas grupales con sentido lúdico y espacios de conversación honesta con sus pares. “Trato de irme por lo menos una vez cada 15 días… a conectarme con la naturaleza”, relató.
También subrayó la importancia de conocer profundamente aquello que se defiende. Reconoció que, al inicio, hablaba de océanos sin haber tenido experiencias directas en ellos. Con el tiempo aprendió a bucear y practicar snorkel, lo que fortaleció su vínculo emocional con el mar y transformó su manera de comunicar: ya no hablaba solo desde datos, sino desde la vivencia. Esa experiencia, dijo, le permitió transmitir la urgencia ambiental con mayor honestidad y sensibilidad.
En cuanto al equilibrio entre vida personal y activismo, Rosángela explicó que entendió que no todo debía resolverse de inmediato y que la sostenibilidad del trabajo dependía, en gran medida, de proteger su salud física y emocional. “Si yo me quiebro, tampoco puedo ayudar a nadie”, resumió.
Como consejo a jóvenes interesados en el activismo, propuso normalizar el acompañamiento psicológico e insistió en no romantizar el sacrificio extremo ni la autoexplotación.
Amor y Conflicto: riesgos y desafíos de los activistas medioambientales y su relación con la salud mental

El psicólogo y activista Eddy Frank Vásquez Sánchez, quien acumula más de quince años vinculado al activismo ambiental y casi trece desde una práctica consciente y sostenida, explicó que durante mucho tiempo tuvo dificultades para reconocerse como activista, porque no encajaba en el arquetipo tradicional de protesta y confrontación. Para él, el activismo no siempre se manifiesta en marchas o consignas, sino también en procesos silenciosos, educativos y de transformación social desde lo cotidiano.
Formado académicamente en Psicología en el Instituto Tecnológico de Santo Domingo (INTEC), donde cursó su licenciatura y su primera maestría, Vásquez decidió enfocar su carrera en el cruce entre comportamiento humano y sostenibilidad. Aunque nunca ejerció como terapeuta clínico, explicó que su interés profesional se centró en comprender por qué las personas contaminan, consumen de manera excesiva y reproducen modelos destructivos. Desde su perspectiva, “la base de muchos problemas ambientales es el comportamiento humano”, una idea que atraviesa toda su práctica.
Abordó además, cómo el activismo medioambiental impacta directamente la salud mental, señalando que quienes se involucran profundamente con las causas ecológicas suelen cargar con una sensación permanente de responsabilidad global, lo que puede derivar en ansiedad, frustración y agotamiento.
Según explicó, muchos activistas sienten que nunca hacen lo suficiente, porque siempre existe una crisis más, una injusticia más o un problema sin resolver. Esa comparación constante termina erosionando la autoestima y la motivación.
Al hablar de los principales riesgos emocionales, identificó patrones claros: la autoexigencia extrema, la culpa por descansar, la dificultad para desconectarse de las problemáticas ambientales y la tendencia a medir el propio valor según los resultados obtenidos. Para Vásquez, este ciclo es peligroso, porque instala la idea de que el activista solo vale por lo que produce, no por quien es.
En ese sentido, advirtió sobre señales de alerta que no deben ignorarse: insomnio persistente, irritabilidad constante, pérdida de interés por actividades antes placenteras, cansancio crónico, aislamiento social y pensamientos recurrentes de inutilidad.
Explicó que estos síntomas suelen normalizarse dentro de los espacios militantes, donde el sacrificio es visto como una virtud, cuando en realidad puede ser una antesala al colapso emocional.
Uno de los conceptos que abordó con mayor claridad fue el de ansiedad climática, definiéndola como una respuesta emocional ante la percepción de un futuro ambiental incierto y amenazante. Esta ansiedad se manifiesta en preocupación excesiva por el planeta, miedo al futuro, sentimientos de impotencia, tristeza persistente y, en algunos casos, parálisis emocional. Señaló que muchos jóvenes activistas viven con la sensación de que “el tiempo se está acabando”, lo que incrementa la presión interna.
Sobre las razones por las que tantos activistas terminan agotados o desmotivados, Vásquez fue enfático: no se trata solo del volumen de trabajo, sino de la falta de sentido personal dentro del proceso. Explicó que, cuando una persona no se detiene a preguntarse por qué lucha, desde dónde lo hace y hasta dónde puede llegar, termina persiguiendo metas impuestas por otros. En sus palabras, “mientras sea otra persona la que defina tu dirección, tú siempre vas a estar perdido”.
También analizó las situaciones que generan mayor desgaste emocional: conflictos internos en organizaciones, falta de reconocimiento, promesas institucionales incumplidas, precariedad económica, ataques en redes sociales y exposición constante a noticias negativas. A esto se suma la presión del activismo digital, donde el desempeño se mide por likes, seguidores o viralidad, lo que crea una competencia silenciosa que deteriora la salud mental.
Reflexionó sobre cómo las redes sociales bombardean con sobreinformación y amplifican la comparación, señalando que: “no estamos llamados a atender todo lo que sucede en el mundo”, ya que intentar hacerlo conduce inevitablemente al desgaste.
En cuanto a las estrategias básicas para cuidar la salud mental, propuso una idea central: el autocuidado no es un lujo, es una responsabilidad ética. Utilizó una metáfora recurrente entre sus amigos: “ir a Ikea, comprar los muebles y organizar la mente”, como una forma simbólica de reconstruir el orden interno en medio del caos externo. Recomendó establecer límites claros en el tiempo, en la cantidad de proyectos asumidos y en las expectativas personales. Insistió en que decir “no” no es traicionar una causa, sino garantizar que se pueda seguir luchando a largo plazo. Para Vásquez, aprender a medir cuándo es suficiente depende del criterio individual y del autoconocimiento.
Sobre el momento en que se debe buscar ayuda profesional, fue directo: cuando el malestar deja de ser ocasional y se convierte en constante, cuando interfiere con la vida diaria o cuando se pierde el sentido de lo que se hace. En esos casos, acudir a un psicólogo no representa debilidad, sino madurez emocional.
Asimismo, destacó el papel de las organizaciones en la protección emocional de sus miembros. Señaló que muchas estructuras activistas se enfocan en resultados, pero descuidan el bienestar humano. Desde su perspectiva, las instituciones responsables deben crear espacios de escucha, descanso, acompañamiento psicológico y diálogo honesto sobre el agotamiento.
Compartió además, cómo su propio camino fue un proceso de búsqueda. Reconoció que durante años hizo “muchas cosas al mismo tiempo”, tratando de encontrar su lugar. Aprendió que el propósito no aparece de forma inmediata, sino que se construye entre errores, decepciones, victorias y aprendizajes. Definió su filosofía de vida como un intento constante de reflejar en sí mismo el cambio que desea ver en el mundo, sin pretender ser perfecto. Para él, la vida no es un momento aislado de éxito, sino un proceso continuo de transformación. Por eso animó a comenzar por cualquier interés genuino, sin esperar la opción perfecta. Advirtió que quien se queda esperando certeza absoluta termina paralizado, sin haber intentado nada.
Al dirigirse a quienes se sienten saturados, sin esperanza o al borde del abandono, Vásquez retomó la idea de que, “está bien querer salvar el mundo, pero está bien entender que dentro de ese mundo está bien salvarme a mí mismo. Es un ejercicio constante de repetirse eso todos los días para no olvidar que tú también eres parte del mundo”.
Con esa frase, dejó claro que la sostenibilidad de cualquier causa comienza, inevitablemente, por la sostenibilidad emocional de quienes la defienden, y que el trayecto de estos héroes ambientales para convertirse en jóvenes que hacen futuro no siempre está plagado de rosas.
La experiencia compartida entre Rosángela, Evaristo e Ismael revela un patrón común: episodios de agotamiento extremo, culpa por descansar, sensación persistente de insuficiencia, presión por ser coherentes todo el tiempo y renuncias personales que dejaron estragos posteriormente.
Sin embargo, también muestra una transformación colectiva. Aprendieron que cuidar la salud mental no significa abandonar la lucha, sino fortalecerla desde dentro; que la resiliencia se construye tejiendo redes de apoyo reales, pidiendo ayuda sin culpa, estableciendo límites, celebrando avances y aceptando la imperfección, pero sobre todo que se puede ser ejemplo, alzar la bandera dominicana en espacios internacionales y dar orgullo a su país en la lucha por la preservación de los recursos naturales de su patria mientras cuidan de sí mismos.
En palabras de Rosángela, “El gozo también es resistencia”.


