República Dominicana es el séptimo país del mundo con mayor valor anual de daños evitados gracias a la protección costera que ofrecen sus arrecifes de coral. Sin ellos, las pérdidas por inundaciones costeras se duplicarían. Sin embargo, estos ecosistemas atraviesan una crisis silenciosa: más del 70 % de los arrecifes dominicanos tiene menos de un 10 % de cobertura de coral vivo y casi la mitad de los sitios monitoreados registra menos de un 2.5 %.
En otras palabras, la barrera aún está allí, pero se está muriendo.
Frente a las costas de Bayahibe, un grupo de científicos intenta cambiar ese destino. En este espacio opera un peculiar «hotel submarino». No tiene recepción, piscinas ni habitaciones de lujo, pero sí zonas de adultos, guarderías, spas y bufetes. Sus huéspedes son peces, crustáceos, corales y decenas de especies marinas que dependen de este ecosistema para sobrevivir.
El proyecto se llama The Reserve Resort y es una iniciativa de la Fundación para la Investigación y Conservación Marina (Fundemar), dirigida por la bióloga marina Rita Sellares, quien lleva más de dos décadas estudiando los arrecifes dominicanos.
La comparación con un hotel no es casual.
Sellares dice que las zonas se han definido con esos nombres para que la gente empatice y entienda que los corales son los arquitectos del mar. Son organismos diminutos que construyen edificios de carbonato de calcio bajo el agua, y esos edificios atraen peces y generan todos los espacios de interacción que existen en el ecosistema.
Así como un complejo turístico invierte constantemente en mantener carreteras, jardines o marinas, ella considera que debería existir una inversión continua para conservar los arrecifes que sostienen buena parte de la economía costera del país.
«El problema es que eso no se ha hecho y ha ido causando un declive gradual en todo el Caribe», advierte.
Una infraestructura natural que se está perdiendo
Las consecuencias de la degradación coralina van mucho más allá de la biodiversidad.
Los arrecifes funcionan como rompeolas naturales. Absorben gran parte de la energía del mar antes de que llegue a la costa, reduciendo la erosión de playas y el impacto de tormentas y huracanes. También sirven de refugio para peces y otras especies.
Cuando desaparecen, aumenta la vulnerabilidad de las comunidades costeras y se debilita la industria turística.
«El Estado dominicano vende la costa para hacer negocios, pero no garantiza que ese dinero de corto plazo asegure la sostenibilidad del recurso», señala Sellares. «Cuando esa barrera esté totalmente degradada, mantener las playas costará millones de dólares en infraestructura gris que siempre requerirá mantenimiento».
Desoves de coral (Cortesía de Fundemar)
Los arrecifes dominicanos generan alrededor de 2,800 millones de dólares anuales en valor económico asociado al turismo, mientras que aproximadamente un tercio del gasto turístico nacional depende directa o indirectamente de ellos.
La crisis se aceleró tras el evento masivo de blanqueamiento coralino ocurrido entre 2022 y 2023, provocado por temperaturas oceánicas excepcionalmente altas vinculadas al cambio climático.
Para Sellares, el escenario obliga a replantear las prioridades.
«República Dominicana es extremadamente vulnerable. Aunque seamos carbono cero, no cambiaríamos cómo nos afectan las emisiones globales. Por eso tenemos que asegurar la supervivencia de cada colonia resiliente que logró sobrevivir al blanqueamiento», expresa.
La carrera por salvar a los sobrevivientes
Cada coral que resistió la ola de calor tiene hoy un valor extraordinario.
Un ancla lanzada sobre una colonia sobreviviente puede destruir en segundos años de adaptación genética.
Cada coralito que queda vivo tiene un valor económico y ecológico enorme. Son precisamente esos individuos los que pueden producir futuras generaciones más resistentes, añade.
Para identificarlos y protegerlos, Fundemar mantiene el sistema de monitoreo marino más amplio del país. El programa analiza cambios ecológicos en diferentes escalas espaciales y temporales, identifica los factores que impulsan el deterioro y genera datos para orientar estrategias de manejo y restauración.
Pero además de observar, también reconstruye.
Fertilizar corales siguiendo la luna
El trabajo más innovador de Fundemar comienza cuando cae la noche.
La organización opera el primer laboratorio de fertilización asistida de coral de la región. Allí, científicos y buzos intentan aprovechar uno de los eventos más extraordinarios del océano: el desove masivo de los corales.
Una vez al año, las colonias liberan simultáneamente millones de gametos al agua. El fenómeno ocurre siguiendo una sincronización precisa entre la temperatura del mar, las fases lunares y la puesta del sol.
«La temperatura nos dice el mes. La luna nos da los días. Y el sol nos da la hora», resume Sellares.
Durante ventanas que pueden durar apenas cuatro o cinco noches, equipos de buzos salen al mar para recolectar esperma y óvulos antes de que las corrientes los dispersen.
En el laboratorio ocurre entonces una carrera contra el tiempo.
Los gametos son fertilizados, los embriones incubados y las larvas acompañadas durante semanas hasta convertirse en pequeños pólipos capaces de asentarse sobre sustratos especiales.
A partir de allí comienza un proceso lento.
Para que ese coral llegue a ser reproductivo necesita entre seis y diez años.
La importancia de la diversidad genética
Si tienes diversidad genética, algunos serán más resistentes y otros no, igual que ocurre con los humanos, explica Sellares.
El objetivo es reconstruir poblaciones capaces de enfrentar temperaturas cada vez más altas, enfermedades emergentes y otras presiones derivadas del cambio climático.
En junio de 2025, la organización dio además un nuevo paso al comenzar la criopreservación de esperma de coral, una técnica que permite almacenar material genético de temporadas exitosas y utilizarlo en años con menor reproducción.
El desafío de financiar la restauración
Aunque la ciencia es el corazón del proyecto, Sellares insiste en que la restauración coralina también es un asunto económico.
Actualmente, entre el 60 % y el 70 % del presupuesto de Fundemar proviene de fondos internacionales. La meta es aumentar la participación del sector privado dominicano, especialmente de hoteles y empresas turísticas que dependen directamente de playas saludables y arrecifes funcionales.
«No es hacernos un favor cuando donan», afirma. «Es una responsabilidad nacional».
La lógica es sencilla: restaurar arrecifes cuesta menos que reconstruir costas una vez que los ecosistemas colapsan.
Mientras tanto, un equipo de unas 30 personas trabaja durante todo el año monitoreando arrecifes, manteniendo viveros submarinos y analizando datos. Durante la temporada de desove, entre mayo y septiembre, las jornadas se extienden hasta la madrugada.
El esfuerzo puede parecer desproporcionado frente a la magnitud de la crisis climática global.
Sin embargo, para Sellares, la alternativa es mucho más costosa.
Cada coral que sobrevive representa una parte de la infraestructura natural que protege las costas dominicanas, sostiene miles de empleos y mantiene vivo uno de los ecosistemas más importantes del Caribe.
Y en un país donde gran parte de la economía depende del mar, dejar que desaparezcan ya no es una opción.




