Este artículo de Patrícia Cornils se publicó originalmente el 18 de diciembre de 2025 en el medio independiente brasileño O Joio e O Trigo. Raíz Climática reproduce un extracto en virtud de un acuerdo de colaboración editorial con Global Voices. Es parte de la serie Spotlight de mayo de 2026 de Global Voices, titulada «Crisis global, soluciones locales«. Puedes apoyar esta cobertura con un donación.
Cada último jueves del mes, muy temprano por la mañana, un camión recorre la sinuosa carretera entre colinas que une la localidad de Barra do Turvo, en el interior del estado de São Paulo, con la autopista BR-116, que atraviesa Brasil de noreste a sur. Recoge los alimentos cultivados y producidos por unas 70 agricultoras locales organizadas en 11 grupos que conforman la Red de Apoyo a las Mujeres Agroforestales, conocida como Rama.

A medida que el día avanza, el camión recoge las cajas que los vecinos de los barrios rurales, donde viven los participantes del programa Rama, dejan al borde de la ruta. En las cajas se cargan plántulas, harinas, café, pan, legumbres, verduras, hortalizas y fruta fresca. En total, se trata de aproximadamente una tonelada de cientos de variedades de cultivos y docenas de productos alimenticios artesanales.
En febrero de 2025, cuando visitamos Barra do Turvo, uno de los productos que se vendían era tema de conversación por el aumento de los precios: los huevos. En este caso, se trataba de huevos de gallinas de corral, que los productores vendían a 15 reales (2,97 dólares) la docena, mientras que en los supermercados de São Paulo la misma docena costaba 19 reales (3.76 dólares). Los precios dentro de la red se ajustan solo una vez al año, durante las asambleas de productores y grupos de consumidores, independientemente de los aumentos en los precios de los alimentos. Esto es posible porque el sistema comercial de la organización no se basa en los principios del mercado.
En la Red Agroecológica de Agricultoras (RAMA), hay más de 70 mujeres de 10 grupos de agricultoras familiares y quilombolas de Barra do Turvo/SP, de los grupos Esperança, Girassóis do Vale, Rio Vermelho, Cedro, Raiz, Rocha, Peróbas, Reginaldo, Rosas do Vale, Margaridas. Reflexionamos juntos sobre la importancia de la producción y el trabajo de las mujeres para el sustento de las familias y las comunidades, para el consumo propio, la donación, el intercambio o la venta.
Nuestras raíces y compromisos son agroecología, feminismo, economía solidaria, soberanía alimentaria, defensa de nuestros territorios y formas de vida, lucha contra el racismo y toda forma de violencia.
Nuestra historia comienza en 2015 con la creación del grupo de mujeres agricultoras de Barra do Turvo, dedicadas a actividades de formación feminista y agroecológica. En 2016, establecimos una red para comercializar nuestra producción, en colaboración con grupos de consumo responsables del Gran São Paulo (ahora conocido como Esparrama). En 2019, el grupo fue nombrado RAMA para celebrar la diversidad de plantas que cultivamos y que nos representan.
Practicamos agroecología, sin venenos. Nos apoyamos mutuamente a través del intercambio de semillas, plántulas y conocimiento. Es una agricultura que alimenta el suelo con materia orgánica, asegura la calidad del agua, aumenta la diversidad vegetal, a través de experimentos, observaciones y aprendizaje. Valoramos el trabajo y el conocimiento de la mujer para que todas tengamos más autonomía y una vida libre de violencia.
¡Contribuye con nuestra lucha!
Queremos que más personas que viven en la ciudad consuman una variedad de alimentos y alimentos de calidad a un precio asequible y justo.
Nuestro marketing se hace en:
– Mercados locales: ferias, puerta a puerta, en la comunidad;
– Mercadeo solidario junto a Esparrama (mira nuestra otra publicación);
Colectivos de donación de alimentos en el Registro/SP y en el Gran São Paulo;
Los pilares de Rama son economía solidaria, feminismo, agroecología, soberanía alimentaria, defensa de los territorios y modos de vida de las agricultoras, y lucha contra el racismo y toda forma de violencia. Estos principios también los comparte la red de grupos de consumo solidario que compra alimentos a Rama, Esparrama, palabra portuguesa que describe el movimiento de extenderse o dispersarse que hacen las ramas de las plantas a medida que crecen.
Existen grupos autoorganizados en las ciudades de Registro, Diadema y São Paulo. Los acuerdos operativos de la red se elaboraron colectivamente para proteger la autonomía de las mujeres sobre su producción. Las normas adoptadas permiten fijar precios justos para compradores y productores.
Uno de los secretos de la estabilidad de los precios en Rama es que «las mujeres de la zona gozan de autonomía frente al mercado vinculado a la economía global, sus fluctuaciones y las especulaciones de los mercados financieros», señala Natália Lobo, técnica del equipo de la Organización Feminista Sempreviva (SOF), que ofrece asistencia técnica a la red.
«Una cosa es ser un productor que necesita comprar fertilizantes nitrogenados para sembrar y, cuando hay una guerra en Ucrania, el precio de los fertilizantes se dispara. Y otra muy distinta es tener un sistema de producción bastante autónomo en cuanto a los insumos necesarios para el cultivo y la cría de animales, con relaciones mucho menos comercializadas en comparación con el resto de la agricultura convencional», explica.

Además, si los precios de los huevos suben por el aumento de los precios del maíz, siempre existe la posibilidad de comprar maíz a los vecinos, gracias a las relaciones de apoyo, confianza, interdependencia y reciprocidad que también se cultivan entre las mujeres. Lo mismo ocurre con las plántulas y las semillas, que se donan o intercambian, y con los conocimientos adquiridos a través de sus experiencias de cultivo en los huertos domésticos. La economía clásica no reconoce el valor de estas relaciones.
Compromiso con las mujeres
«Creamos Rama para defender los derechos de las mujeres. Porque había muchas mujeres que sufrían, muchas mujeres sin voz, maltratadas por sus maridos; muchas recibían palizas y no tenían derecho a ningún dinero, a nada, solo dependían del marido, ¿verdad? Eso fue lo primero». Así explica Dona Dolíria Rodrigues de Paula, habitante del quilombo de Ribeirão Grande-Terra Seca, el origen de la red.
En el valle de Ribeira, en la frontera entre los estados de São Paulo y Paraná, se encuentra la mayor extensión continua de bosque atlántico de Brasil, con una superficie total de 1,7 millones de hectáreas (4,2 millones de acres). Allí viven muchas comunidades tradicionales: quilombolas, pueblos indígenas guaraníes y kaingang, y caiçaras. Las mujeres que forman parte de Rama viven en comunidades rurales de Barra do Turvo, municipio con 6900 habitantes. La mayoría trabaja en sus campos y huertos desde niñas, y utiliza técnicas de gestión aprendidas de sus madres, abuelas, bisabuelas y vecinas.
Las mujeres de Rama tienen diferentes formas de acceso a la tierra, o no tienen acceso a la tierra, según cómo se formaron las comunidades a las que pertenecen. Además de las mujeres quilombolas, hay algunas pequeñas agricultoras procedentes de otros estados, así como descendientes de familias de trabajadores rurales de Barra do Turvo.
En 2005, estas comunidades crearon una asociación para conseguir el reconocimiento como descendientes de quilombolas y reclamar títulos legales sobre las tierras que habitan. En Rama, algunas mujeres llevan participando desde la década de 1980 en la Pastoral da Criança, organización vinculada a la Iglesia católica. Las mujeres se movilizaron en resistencia contra la apropiación de sus tierras por parte de unidades de conservación y de agricultores familiares con poca o ninguna superficie de cultivo. Muchas de sus tierras fueron ocupadas por haciendas ganaderas o vendidas por los mayores a grandes terratenientes por poco o casi nada, y enfrentaron conflictos causados por los ciclos de expansión del monocultivo o la ganadería en el municipio.
Diversidad
Los campos (roças) son zonas que suelen destinarse a una producción específica y temporal: yuca, maíz y frijoles. En el modo tradicional de producir, hay rotación de las especies cultivadas y rotación de los lugares donde se establecen los campos, para que el suelo pueda recuperar su fertilidad. Los huertos domésticos son espacios que las mujeres cultivan alrededor de sus hogares y gestionan a diario. «El huerto es todo lo que rodea nuestra casa: todo lo que plantamos, todo lo que tenemos, todo lo que cultivamos», dice Dolíria. «Casi todas las mujeres tienen un huerto».

La diversidad del huerto de Vera no es una excepción entre las mujeres de Rama. «Los espacios bajo el dominio de las mujeres presentan mayor diversidad y mayor complejidad de gestión que los gestionados por los hombres», escribió Liliam Teles en 2018, integrante del Grupo de Trabajo de Mujeres de la Articulación Nacional de Agroecología y miembro de la Marcha Mundial de las Mujeres, en su tesis «Desvelamos la economía invisible de las agricultoras agroecológicas: la experiencia de las mujeres de Barra do Turvo, SP».
Esta diversidad de producción es el origen del sistema de compras de Rama, cuyo método de comercialización se diseñó para adaptarse a la producción de los agricultores. Cada mes, informan de lo que van a cosechar en sus huertos y jardines, y los grupos de consumidores realizan sus pedidos en función de esa oferta. En casi diez años de comercialización, nunca hubo escasez de alimentos ni de productos procesados artesanales, como quesos, mermeladas, galletas y pasteles.
En la producción que a cargo de hombres, ya sea en sus propios monocultivos o en tierras ajenas, hay una cosecha al año. En la producción de las mujeres, una parte importante sirve para alimentar a sus familias más cercanas y a sus parientes todo el año. Uno de los acuerdos entre las agricultoras es que su producción se destina en primer lugar a la alimentación propia o de la familia con la que vvien, a quienes viven en otras ciudades, a los hijos, a los parientes y a las compañeras. Nunca se debe quitar comida de la mesa para venderla.
Cuidado colectivo
En el valle de Ribeira, la vida en comunidad forma parte del modo de vida. Los agricultores de la zona siempre organizaron mutirões, momentos de trabajo colectivo para ayudarse mutuamente a cultivar sus tierras. Rama fue la primera organización en realizar este trabajo comunitario, integrada exclusivamente por mujeres, tal como se muestra en el documenta «Vida em Mutirão«, y la primera en incluir las tareas de cocina en la lista de labores realizadas, algo que no ocurría en los mutirões mixtos ni en los coordinados por hombres. Las mujeres se escuchan más entre sí, se cuidan mejor unas a otras y están más preparadas para respetar la forma de hacer las cosas de cada una.

Con el tiempo, Rama empezó a destinar un porcentaje de los ingresos por comercialización a un fondo que se utiliza, entre otras cosas, para pagar el transporte de las mujeres a los mutirões. Sin embargo, no es raro que estos fondos sean necesarios para pagar exámenes médicos o medicamentos para ellas o un familiar. O para un miembro de la comunidad que se haya endeudado para sufragar un tratamiento. La falta de acceso a la atención de salud es uno de los problemas que enfrentan las mujeres de la región, un síntoma del acceso insuficiente a las políticas públicas, no solo en materia de agricultura, sino también en lo que respecta a los derechos fundamentales.
Cuando SOF comenzó a trabajar en el valle de Ribeira en 2015, casi lo primero que dijeron las agricultoras fue: «Sabemos plantar, lo hemos hecho toda nuestra vida. Necesitamos vender nuestros productos». Mientras tengan la garantía de poder permanecer en sus tierras, los alimentos saludables producidos de forma agroecológica seguirán en el campo. Lo que falta es ampliar el apoyo a esta producción, que es inseparable de la vida de las mujeres, y mejorar la logística para que estos alimentos puedan llegar a la gente de las ciudades.
