Parecería que vivir en República Dominicana, un lugar lleno de vida con recursos naturales abundantes y de calidad, sería suficiente motivación para actuar a favor de una sana convivencia con nuestro entorno. Sin embargo, hemos llegado al punto de no saber lo que tenemos hasta que lo perdemos: cuando un desastre nos impacta, cuando vemos una noticia sobre tala indiscriminada de árboles o sobre la pérdida de biodiversidad, o incluso cuando un extranjero reconoce y “asigna” su valor.
En este Día de la Conciencia Ambiental, proponemos analizar ciertas razones por las cuales nos encontramos en un estado de neutralidad o el desinterés de nuestra sociedad y, al mismo tiempo, presentar caminos para reactivar el interés y la puesta en marcha de proyectos que nazcan de una conciencia renovada.
Razones de la neutralidad o desinterés
1. Sobrecarga cognitiva: De por sí, ya estamos lidiando con múltiples exigencias del día a día (trabajo, familia, finanzas, tecnología). Nuestro cerebro clasifica, según percibe las informaciones, en “urgente”, “lejano” o “abstracto”, por lo que si los términos relacionados al ambiente resultan muy intensos, complejos o distantes de las prioridades del individuo, el resultado de esta clasificación es paralizarnos por exceso de información, lo cual nos impide actuar.
2. Sesgo de inmediatez: El sistema de recompensa del cerebro favorece gratificaciones inmediatas, pero no a los beneficios futuros. Por lo que regularmente priorizamos la comodidad de hoy en lugar de considerar detenidamente los beneficios de largo plazo.
3. Normalización cultural: El refrán popular “Dime con quién andas y te diré quién eres” cobra un sentido macro cuando lo contextualizamos a temas ambientales, pues los hábitos colectivos y las prácticas heredadas crean una sensación de normalidad y de identidad. Cuando algo es culturalmente aceptado -como llegar tarde a los sitios. De ahí la famosa pregunta ¿llegarás en “hora dominicana”?- el cerebro lo percibe como “correcto” aunque sea dañino (como tirar las coletillas de cigarro en el suelo). Cambiarlo requiere de nuevos referentes sociales y culturales.
4. Desconexión patrimonial: Muchas comunidades han perdido el vínculo con la tierra, los ríos y los bosques que les sostienen. Al no reconocer el ambiente como parte de su identidad y herencia, se genera indiferencia y distancia. Se vuelven temas “ajenos” al individuo y a la colectividad. Esta desconexión disminuye la empatía intergeneracional y la percepción de que estamos protegiendo un legado para los demás.
5. Sesgo de optimismo irreal: Es la percepción de que los desastres naturales siempre afectan a otros, pero nunca a uno mismo o a su comunidad cercana. Por ello subestimamos los riesgos y evitamos acciones preventivas. Es una falsa sensación de seguridad, que nos perjudica porque nos hace más vulnerables.
A estas razones se suman otras perspectivas desde la ciencia, la filosofía, la psicología, la política, la cultura y hasta la espiritualidad. Pero, con frecuencia, todas suelen terminar siendo excusas que sostienen la inacción.
¿Cómo pasamos a la acción?
Es el momento de transformar esas barreras en combustible para la acción, desde nuestras realidades y posibilidades. Sin la intención de minimizar los retos personales de cada quien, planteamos las siguientes medidas a considerar en el proceso de mejora de vida tanto individual como colectiva:
– Repetición: Creación de hábitos saludables, sostenibles y coherentes. La repetición construye cultura. Apagar las luces, rechazar mercadeo de bienes innecesarios para ti, comer menos procesados y más orgánicos, hacerse preguntas sobre el entorno, refuerzan conexiones neuronales que facilitan conductas automáticas proambientales. Atrévete a ir en patines, bicicleta, caminando, transporte público o pedir una bola para conocer mejor a tu ciudad y reducir tu huella ambiental.
– Empatía: Conocer nuevas narrativas y arte a favor del ambiente activa la amígdala y la ínsula, generando respuestas emocionales que motivan a la acción. Abre tu mente a las perspectivas de autores de los periódicos locales y extranjeros, visita museos, jardines botánicos y plazas culturales con los ojos abiertos a nuevas formas de pensar y sentir.
– Experiencias: Asistir o participar de programas educativos que no solo transmiten datos, sino que involucran prácticas, activan la memoria episódica y el aprendizaje significativo, aumentando la retención y la motivación. Proponle hoy mismo a tu centro educativo, amistades y familiares realizar más actividades al aire libre periódicamente.
Un compromiso colectivo
La autora Mel Robbins ha dicho “Nadie viene. Nadie va a venir a empujarte; nadie va a venir a decirte que apagues la televisión; nadie va a venir a decirte que salgas a la calle y hagas ejercicio; nadie va a venir a decirte que solicites ese trabajo que siempre has soñado; nadie va a venir a escribir el plan de negocios por ti. Depende de ti”.
Lo mismo ocurre con nuestra relación con el ambiente: nadie más dará el primer paso por nosotros. Adquirir conciencia ambiental es un derecho que tenemos todos en cualquier parte del mundo, pero eres tú quien debe interesarse por activarla y nutrirla continuamente. En la República Dominicana, la tenemos fácil. Nuestro aire todavía conserva pureza, nuestros suelos aún son fértiles, nuestra biodiversidad aún es visible en los parques.
Aprovechemos el tiempo, conozcamos, cuidemos y defendamos lo nuestro, para que las siguientes generaciones también puedan disfrutarlos como son hoy día o en mejores condiciones. Cuidar nuestro ambiente es, al mismo tiempo, un acto de amor propio y de responsabilidad con nuestra nación, y con el resto de la Tierra. Ese compromiso empieza contigo, aquí y ahora.
Camila Antigua Valdez
Abogada especializada en consumo responsable y conciencia ambiental
Fundadora de CAV Creative Lab y Awarenest
