Este artículo de Periodismo de Barrio se publicó originalmente el 23 de enero de 2026. Raíz Climática reproduce una versión editada por Global Voices en virtud de un acuerdo de colaboración de contenidos.
Este artículo forma parte de la sección Spotlight de Global Voices de mayo de 2026, titulada «Crisis global, soluciones locales«. Esta serie ofrecerá historias de resistencia y de acciones climáticas que han tenido buenos resultados sobre cómo las comunidades de los países en desarrollo están luchando contra la crisis, análisis de lo que esto podría significar para las generaciones futuras y mucho más. Puedes apoyar esta cobertura con una donación.
Reuters publicó un artículo sobre los esfuerzos de los profesionales de la Ciénaga de Zapata, en la provincia de Matanzas, Cuba, por salvar del peligro de extinción al manjuarí, pez endémico de la isla que figura en la lista roja de la Unión Internacional para la Conservación de la Naturaleza (UICN) desde 2020.
La celebración estaba justificada, pero desgraciadamente hay muchas más especies cubanas que corren el riesgo de desaparecer por completo, y no todas se benefician de las medidas de protección que, en el caso del manjuarí, incluyen la creación de un criadero y la producción de comida para alimentarlos antes de liberarlos.
Según el Proyecto para la Gestión Integrada del Agua, la Tierra y los Ecosistemas en los Pequeños Estados Insulares en Desarrollo del Caribe (IWECO), Cuba figura entre las diez islas más importantes del mundo en cuanto a la riqueza de su biodiversidad.
Según la bióloga, ensayista y divulgadora medioambiental cubana Isbel Díaz Torres, «aunque existen zonas protegidas, decretos, estrategias y planes, el problema es que proteger sobre el papel no es lo mismo que conservar en la realidad. La conservación real requiere ciencia activa, seguimiento constante, infraestructura funcional, transparencia y participación ciudadana. Y hoy en día, prácticamente ninguno de esos elementos está garantizado».
Según un informe de 2019 del Programa de Naciones Unidas para el Desarrollo (PNUD) y el Ministerio de Ciencia, Tecnología y Medio Ambiente de Cuba, en la isla había 157 especies de vertebrados clasificadas en diferentes categorías de amenaza: 52 en peligro crítico, 42 en peligro y 63 vulnerables. Entre los invertebrados terrestres, los moluscos eran el grupo más amenazado, con 34 especies vulnerables y 31 en peligro crítico.
Días señala que la ciencia cubana aún es totalmente gubernamental, sin autonomía real: «en un contexto de profunda crisis económica, colapso institucional, corrupción y éxodo masivo de científicos, especialmente jóvenes, resulta difícil pensar que la biodiversidad sea una prioridad efectiva».
No obstante, algunos proyectos y colectivos pudieron hacer un trabajo importante para proteger las especies en peligro de extinción de Cuba.
El portal Biodiversidad Cubana publicó un estudio que analiza qué zonas del país están más expuestas a los efectos del cambio climático, basado en un cálculo de pérdida o aumento de especies en cada región para 2050; aquellas situadas en las zonas donde el cambio sería mayor se consideraron «las más vulnerables».
Los resultados apuntaban principalmente a zonas bajas y llanas (especialmente grandes llanuras como Zapata, Colón, Júcaro, el valle del Cauto, el sur de Camagüey y el archipiélago de los Jardines de la Reina), que podrían sufrir pérdidas significativas de biodiversidad; pérdidas que serían aún más graves si no se reducen las emisiones de gases de efecto invernadero.
En lo que respecta a la protección y la restauración de los manglares, la península de Guanahacabibes se benefició del proyecto MangRes de la UNESCO, que promueve la restauración de los manglares como solución basada en la naturaleza en las reservas de la biosfera de Latinoamérica y el Caribe, y que fomenta recuperar diferentes especies, como el manglar rojo, así como «documentar los conocimientos locales sobre su uso y gestión, y desarrollar capacidades para la gobernanza ambiental, educar para el desarrollo sostenible e intercambiar conocimientos».
Del mismo modo, durante la última década, el proyecto Manglar Vive llegó a las costas de Mayabeque para beneficiar específicamente al espacio protegido del golfo de Batabanó. Seis años después de su inicio, el buen estado de los manglares a lo largo de este tramo de 84 kilómetros entre Punta Sucia y Punta Mora se vio reforzado por una reforestación integral y otras medidas destinadas a comprender mejor el impacto del cambio climático en esos ecosistemas.

En 2025, la Revista de Investigaciones Marinas publicó el artículo «Conservación del manatí antillano (Trichechus manatus) al norte de Villa Clara, Cuba», donde se analizaba el peligro de extinción que enfrenta esta especie en la isla. La actividad humana que afecta a estos mamíferos y a sus ecosistemas (incluso «en zonas destinadas a su protección», advierte el estudio) es la principal causa de su posible desaparición.
Para los autores, la conservación depende de un planteamiento integral que combine protección del hábitat, reducción de las amenazas humanas, seguimiento continuo (mediante censos y observaciones periódicas), así como promoción de la educación ambiental entre las comunidades que conviven con los manatíes.
Otras especies, como las polymitas, fueron objeto de proyectos y alianzas internacionales destinados a su conservación, especialmente la Polymita sulphurosa, una de las más amenazadas y cuya distribución se considera muy limitada. «Cualquier catástrofe natural o provocada por el hombre podría provocar su extinción total», señala un aviso publicado en la página web de The Rufford Foundation, que promovió hace diez años un proyecto para conservar y gestionar las especies Polymita versicolor y Polymita sulphurosa en las provincias de Guantánamo y Holguín.
Entre los objetivos del proyecto se incluían actualizar la información sobre la distribución geográfica, así como hacer un recuento de ejemplares fuera de las zonas protegidas. Con esos datos, además de promover la educación ambiental en las comunidades cercanas, la fundación propondría al Centro Nacional de Zonas Protegidas crear nuevos espacios en función de los lugares donde ya habitaban las polymitas.
La sociedad civil cubana también realizó importantes contribuciones a la conservación de la biodiversidad, y también a la educación popular sobre su importancia. Una organización que no dejó de trabajar desde su creación en 2021 es Nativa. Red de Microviveros, colectivo dedicado a la protección de la flora autóctona de la isla. En una entrevista de 2023 con Periodismo de Barrio, Juan Carlos Sáenz de Calahor, uno de sus fundadores, dijo: «cuando se le da nombre a una planta, se le hace existir de forma individual».

El trabajo de Guardabosques, organización activa entre 2007 y 2019 dedicada a promover el ecologismo, también marcó la diferencia. Según el sitio web de su actual proyecto que amplió su alcance a Florida y tiene como objetivo empoderar a la comunidad hispanohablante de Estados Unidos y Latinoamérica en cuestiones ambientales, Guardabosques «participó en acciones de reforestación, transformación comunitaria y educación ambiental, y denunció irregularidades gubernamentales y depredaciones ambientales ante organismos internacionales».
Aunque Díaz Torres considera que «el activismo ambiental se marginó sistemáticamente» y se consideró una «amenaza» en muchos casos, muchos de estos proyectos lograron avanzar y obtener resultados que, aunque modestos en algunos casos, siguen siendo relevantes en la lucha contra el cambio climático.
«El activismo cumple una función esencial de supervisión, denuncia y vigilancia ambiental, sobre todo en contextos donde el Estado no se controla a sí mismo», explica. «Pero no solo se excluye a los activistas, sino también al público en general, [así como] a los campesinos, los productores agrícolas y las comunidades locales. La conservación no puede imponerse desde arriba. Sin participación social, sin incentivos ecológicos reales y sin una educación ambiental rigurosa, cualquier política está destinada al fracaso».
