La mayoría puede coincidir en el enfoque teórico de la participación juvenil, tanto en República Dominicana como en el mundo. Y esto ha sucedido por mucho tiempo en las diferentes áreas de la experiencia juvenil, de ahí que los jóvenes se desmotiven, pierdan su sentido de pertenencia y por tanto, el debilitamiento de la acción en ellos.
Para el orgullo y el privilegio de nuestra región hay miles de jóvenes que están dispuestos a romper esa barrera, romper la inercia y hacer el cambio. A veces esto implica explorar territorios desconocidos o cruzar fronteras en solitario. Cuando las luces se encendieron en la sala de conferencias que acogía el Encuentro Regional de Juventudes por el Acuerdo de Escazú, allí, en la mesa y en representación de nuestra bella isla tropical, estaba Rocío de Moya.
Quienes se destacan en los modelos de Naciones Unidas, como ella, están acostumbrados a trabajar sobre los planteamientos internacionales que engloban nuestra contemporaneidad, y fueron precisamente estas experiencias las que hicieron posible su participación, a pesar de sus crecientes dudas. “Muchas veces vemos convocatorias y pensamos inmediatamente que no es para nosotros, que buscan a alguien con más experiencia”, reflexiona. De hecho, una vez superada esta etapa, la resiliencia es la que permite enfrentar los desafíos de financiamiento y respaldo institucional.
Viviendo esta experiencia, comenta Rocío, descubre que la presión sobre los suelos, las cuencas hidrográficas y los desarrollos turísticos impacta focalizadamente el territorio de República Dominicana. Sin embargo, y a pesar de las evidentes consecuencias es difícil abordar verdaderamente el problema, ya que las soluciones giran en torno al alarmismo o a la retórica corporativa. Aquí es como entendió que el Acuerdo de Escazú, firmado, pero no ratificado en el país, es una urgencia social.
El Acuerdo de Escazú constituye el primer tratado ambiental de América Latina y el Caribe que garantiza el acceso a la información, la segura participación pública en las decisiones ambientales, y el acceso a la justicia ambiental.
Fue adoptado en la ciudad que lleva su nombre, el 4 de marzo de 2018, en Costa Rica. El acuerdo se fundamenta en la revalorización de la democracia ambiental en la región; sin embargo, para Rocío “No podemos hablar de una participación efectiva sin hablar de la calidad y accesibilidad de la información”. Hoy, tener datos no basta si la ciudadanía no puede entenderlo. No es más que otra forma de exclusión. El derecho a la información debe traducirse en algo comprensible, territorializado y oportuno, más que tratar de iguales a todos los estratos de la población.
“Una democracia ambiental sólida no es aquella en la que todos pensamos igual sobre el ambiente, sino aquella en la que tenemos las herramientas necesarias para preguntarnos, con evidencia y responsabilidad, qué estamos defendiendo, qué estamos proponiendo, para quién funciona y qué consecuencias tendrá para el territorio que dejaremos a quienes vienen después”.
Además de la justicia epistémica, el Acuerdo de Escazú prevé la protección de los activistas medioambientales; responde a la situación tan violenta que enfrentan los ambientalistas latinoamericanos, es una de las regiones más hostiles para esta disciplina. Para eso, se separa del enfoque de respuesta tardía que guiaba la estrategia de protección hasta ese entonces.
En la práctica esto significa que las comunidades se empoderan, a través del uso de su consentimiento, a la presencia de cualquier proyecto. Esta idea se fundamenta en el entendimiento de que el conocimiento técnico y las herramientas jurídicas cuando dialogan con el conocimiento comunitario adquiere un grado más alto de sostenibilidad. Para lograr esto deben involucrarse todos los sectores de la sociedad, articulándose en iniciativas como ENJUVES (Encuentro de Juventudes por Escazú) permite defender desde el esfuerzo colectivo que se siente protegido por un ecosistema justo.
Nada para nosotros sin nosotros.
En la mayoría de los escenarios institucionales la participación juvenil se diluye en una suerte de tokenismo; el valor de la juventud se resume al relleno de una foto o un video oficial, peor que no incide. No obstante, y respondiendo a sus fundamentos, el encuentro estuvo diseñado para darles participación real a los jóvenes delegados. Rocío cuenta con mucho orgullo el desarrollo de una hoja de ruta con la huella de dieciocho países de América Latina y el Caribe, donde el rol principal de la representación dominicana consistió en conciliar las diferentes realidades del territorio sin desdibujar las prioridades históricas del país. La trayectoria de Rocío de Moya es un ejemplo a seguir, incluso para muchos mayores que ella. Muestra como el impacto, para ser real, no necesita de podios ni reflectores. El impacto se va construyendo desde los espacios cercanos, en su caso, esto toma la forma de interminables jornadas de voluntariado y formación en diplomacia ambiental.
Cuando se le preguntó sobre cual es primer paso para involucrarse, desde la juventud, en la toma de decisiones, Rocío responde firme que lo más importante es “transformar la preocupación en acción”. Recomienda que, una vez identificadas las vulnerabilidades de sus entornos inmediatos, incluyendo los sesgos demográficos, la juventud debe hacerse espacio en juntas de vecinos, consultas públicas y encuentros comunitarios para hacer escuchar su perspectiva, pero también reivindica las redes sociales como una herramienta para acceder a convocatorias, organizaciones e iniciativas con las que pueda involucrarse.
Rocío, a pesar de todos los desafíos, vio esta experiencia como una oportunidad. “Me permitió entender que construir soluciones regionales no significa unificar nuestras realidades, sino reconocer nuestras diferencias para encontrar respuestas que puedan ser adaptadas a cada territorio”.
Gracias al Encuentro Regional de Juventudes por Escazú, Rocío vuelve con una mirada nueva y sensible, dándole continuidad a las iniciativas en las que cree. Para ella, signific pasar de conocer Escazú a vivir Escazú.

