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La memoria de las comunidades ante las temporadas ciclónicas

Huracán Pexels

Cómo las experiencias de huracanes pasados influyen en la preparación y respuesta ante futuros ciclones tropicales

 

Por Eddyli De Los Santos.

No cabe duda de que, a través del tiempo y de múltiples antecedentes históricos, las temporadas ciclónicas se han convertido en un motivo de preocupación, especialmente para las comunidades ubicadas en zonas costeras y para países insulares como la República Dominicana. Desde jóvenes se nos orienta para que estos fenómenos no nos tomen por sorpresa y podamos actuar de manera eficiente, responsable y cautelosa ante una emergencia.

Sin embargo, con el paso del tiempo parece que, en ocasiones, olvidamos una parte fundamental del problema: comprender por qué determinados ciclones pueden intensificarse y cuáles son las condiciones naturales y ambientales que favorecen su desarrollo.

Los ciclones tropicales son fenómenos naturales que se forman bajo determinadas condiciones atmosféricas y oceánicas. Su desarrollo depende de factores como la temperatura del océano, la humedad atmosférica, la circulación de los vientos y la cizalladura vertical del viento. Esta última consiste en el cambio de velocidad o dirección del viento con la altura. Una cizalladura fuerte puede dificultar la organización de un ciclón, mientras que una cizalladura débil puede favorecer su fortalecimiento. Asimismo, las aguas oceánicas suficientemente cálidas proporcionan una de las principales fuentes de energía que alimentan estos sistemas. (NOAA Ocean Exploration).

Los ciclones tropicales son una de las principales causas de destrucción en la región.
Los ciclones tropicales son una de las principales causas de destrucción en la región.

Por esta razón, no podemos analizar los ciclones únicamente desde la perspectiva del fenómeno meteorológico. Los cambios ambientales y climáticos también son relevantes. Las investigaciones científicas han señalado que un océano más cálido puede proporcionar mayor energía a los ciclones tropicales y favorecer tormentas con mayor capacidad de producir lluvias intensas. Esto no significa que cada huracán sea causado directamente por el cambio climático, pero sí que el calentamiento del océano puede modificar las condiciones en las que estos fenómenos se desarrollan (AOML).

Las consecuencias pueden ir mucho más allá de las fuertes lluvias: destrucción de viviendas y edificaciones, daños en carreteras y otras infraestructuras, interrupciones de servicios, afectaciones a la salud pública, impactos ambientales y profundas consecuencias sociales. En algunos casos, un gran desastre puede incluso convertirse en un acontecimiento que permanece en la memoria histórica de un país durante generaciones.

Por ende, el ciclón no debate. El ciclón entra. Y en su entrada deja al descubierto dos realidades que muchas veces preferimos ignorar: la fragilidad de nuestros ecosistemas y la vulnerabilidad de nuestras propias comunidades.

Los arrecifes de coral, que constituyen refugios y hábitats para numerosas especies marinas, también pueden sufrir los efectos de los fenómenos extremos y de las alteraciones ambientales. Para los seres humanos y para las especies de las que dependemos, el deterioro del medioambiente no es un problema distante. Es una amenaza para el hogar que compartimos.

Pero debemos cuestionarnos: ¿por qué algunos ciclones llegan a ser tan intensos?

La respuesta no puede reducirse únicamente a la contaminación. En la intensidad de un ciclón intervienen múltiples factores naturales y atmosféricos, entre ellos la temperatura del océano, el contenido de calor del agua, la humedad disponible en la atmósfera, la circulación atmosférica y la cizalladura vertical del viento. Cuando varias de estas condiciones son favorables al mismo tiempo, un sistema tropical puede experimentar una intensificación considerable (NOAA Ocean Exploration).

La actividad humana, por otra parte, sí puede contribuir al deterioro de los ecosistemas y aumentar la vulnerabilidad de las comunidades. La contaminación, la acumulación de residuos y la degradación de los ecosistemas costeros no deben considerarse problemas separados de la gestión de riesgos. Una comunidad ambientalmente deteriorada puede encontrarse en una situación de mayor vulnerabilidad cuando ocurre un fenómeno extremo.

Es, entonces, un recordatorio ético: no somos dueños de nuestro planeta; somos sus habitantes y responsables de cuidarlo. Un mal habitante deteriora su propia casa y después se pregunta por qué las consecuencias terminan afectándolo.

Básicamente, el mar tiene fiebre y nosotros hemos contribuido a aumentar su temperatura.

Nuestro coral, nuestro hogar, nuestra identidad

Señoras y señores, nosotros mismos estamos dañando nuestros corales, los espacios donde viven numerosas especies y una parte importante de nuestra identidad natural.

No es lo mismo vivir en un mundo verde, rodeado de vida y de belleza vegetal, que vivir en un entorno afectado por la contaminación ambiental y visual. Por eso debemos preguntarnos: ¿por qué esperar para actuar? ¿Por qué no tomar desde ahora decisiones concretas que contribuyan a proteger nuestros ecosistemas?

La verdadera pregunta no debería ser únicamente si podemos cambiar, sino qué estamos dispuestos a hacer para lograrlo.

La memoria de los grandes ciclones en la República Dominicana.

Como consecuencia de los grandes cambios y daños que han dejado los ciclones a través de nuestra historia, resulta necesario recordar aquellos fenómenos que marcaron a la República Dominicana y que todavía forman parte de la memoria de muchas comunidades.
Entre ellos podemos destacar tres acontecimientos: el huracán Inés de 1966, el huracán David de 1979 y el huracán Melissa de 2025.

Huracán Inés

El huracán Inés constituye uno de los acontecimientos meteorológicos más importantes registrados en la historia de la República Dominicana. De acuerdo con la información histórica y la revisión de datos realizada por organismos de la NOAA, Inés tocó tierra en la península de Barahona el 29 de septiembre de 1966 como un huracán de categoría 5, con vientos máximos sostenidos estimados en aproximadamente 140 nudos. Posteriormente atravesó La Española y continuó hacia el Caribe (AOML).

Su paso por la región de Barahona dejó una profunda huella en la memoria de las comunidades. Más que recordar únicamente la destrucción causada por el fenómeno, es importante comprender que aquellos acontecimientos forman parte de la experiencia colectiva que puede ayudar a las generaciones actuales a prepararse mejor.

La memoria de un desastre no debería permanecer solamente en fotografías, relatos familiares o documentos históricos. Debe transformarse en conocimiento útil para reducir los riesgos futuros.

Huracán David

El 31 de agosto de 1979, el huracán David golpeó la República Dominicana y se convirtió en uno de los fenómenos naturales más devastadores de la historia reciente del país.

Los registros históricos señalan que David produjo enormes daños humanos y materiales. Un informe de la Agencia de los Estados Unidos para el Desarrollo Internacional estimó aproximadamente 1,400 personas fallecidas, más de 4,000 heridas y alrededor de 1.2 millones de personas afectadas; además, unas 350,000 personas tuvieron sus viviendas destruidas o gravemente dañadas. (USAID PDF)
David demostró que el peligro de un huracán no depende únicamente de su categoría. También depende de la trayectoria que siga, de la población que encuentre en su camino, de la calidad de las construcciones, de la preparación de las comunidades y de la capacidad de respuesta de las instituciones.

Por eso, recordar a David no significa únicamente recordar una tragedia. Significa recordar una lección.

Huracán Melissa

Más recientemente, el 21 de octubre de 2025, se formó la tormenta tropical Melissa al sur de Haití. Durante los días siguientes, el sistema se fortaleció y llegó a convertirse en un huracán de categoría 5. El Centro Nacional de Huracanes documentó que Melissa experimentó una rápida intensificación mientras se desplazaba sobre aguas muy cálidas y con un elevado contenido de calor oceánico (Centro Nacional de Huracanes).

El 28 de octubre de 2025, Melissa tocó tierra en Jamaica como un huracán de categoría 5, con vientos máximos sostenidos estimados en 185 mph (295 km/h) y una presión central de 892 milibares, convirtiéndose en uno de los huracanes más intensos registrados al tocar tierra en el Atlántico. Posteriormente atravesó Cuba y continuó hacia las Bahamas.

Su trayectoria también afectó las condiciones meteorológicas de la región del Caribe y provocó advertencias por lluvias intensas, inundaciones y deslizamientos en sectores de La Española.

Melissa nos recuerda que la amenaza ciclónica no pertenece únicamente al pasado. Es una realidad que continúa formando parte de nuestra región y que exige preparación permanente.

Prevenir no es tener miedo

Prevenir no es miedo. Prevenir es responsabilidad. Es pensar en el futuro antes de que llegue la emergencia.

El impacto de huracanes como Inés y David dejó una memoria histórica en las comunidades dominicanas. Esa memoria puede utilizarse para analizar cómo ha evolucionado la vulnerabilidad del país y, especialmente, cómo podemos fortalecer la preparación de las comunidades costeras.

Por eso, el objetivo debería ampliarse. No debemos limitarnos a buscar medidas de precaución y campañas de concientización únicamente cuando se aproxima una tormenta. Debemos establecer verdaderas acciones permanentes y sistemas públicos que funcionen antes, durante y después de una emergencia.

La prevención no puede comenzar cuando aparece el caos. Debe comenzar mucho antes.

Podrían desarrollarse actividades públicas de educación ambiental y gestión de riesgos, programas escolares de reforestación y protección de ecosistemas, debates educativos, jornadas comunitarias de limpieza, campañas de reducción de residuos y acciones coordinadas entre las alcaldías y las comunidades para disminuir problemas como la acumulación de basura y el deterioro de los espacios públicos.

También resulta necesario fortalecer las normas relacionadas con la gestión de residuos, la protección de los ecosistemas y la conservación de las áreas naturales, acompañándolas de educación, supervisión y medidas de cumplimiento.

La prevención tampoco debería ser responsabilidad exclusiva de determinadas instituciones educativas o religiosas. La preparación y la solidaridad deben involucrar a todos los sectores de la sociedad: escuelas, familias, organizaciones comunitarias, autoridades locales, instituciones públicas y privadas y ciudadanos.

Porque ayudar a los demás no solo constituye un acto de solidaridad, también es un valor que podemos sembrar diariamente.
El hogar que dejaremos a las próximas generaciones. No solo debemos cuidar nuestro hogar para nosotros también debemos hacerlo por las generaciones que todavía están por nacer.

República Dominicana posee una biodiversidad que forma parte de su patrimonio natural y que también está vinculada con actividades económicas importantes, como el turismo, la pesca y la agricultura. Proteger esa biodiversidad significa proteger parte de las posibilidades de desarrollo del país.

Necesitamos un hogar en el que podamos crecer económicamente, pero también necesitamos un país capaz de cuidar los recursos naturales que hacen posible ese crecimiento. Por eso, la memoria de las comunidades ante los ciclones debe convertirse en algo más que un recuerdo.

Debe convertirse en educación, la educación debe convertirse en acción, y la acción debe convertirse en prevención.

Las comunidades no deberían limitarse a sobrevivir cada temporada ciclónica. Deberían transformar las experiencias de los huracanes pasados en memoria colectiva, educación ambiental, preparación comunitaria y políticas permanentes de prevención.

Porque un huracán puede destruir una vivienda en horas, pero una comunidad preparada puede tardar generaciones en construirse.
Y quizás esa sea la mayor lección que nos dejan los ciclones: no podemos controlar cuándo llegará la tormenta, pero sí podemos decidir qué tan preparados estaremos cuando llegue.

«Los huracanes forman parte de nuestra realidad, pero la verdadera prevención comienza mucho antes de que aparezca la tormenta».

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